La tarde del viernes me llevé una sorpresa. Un compañero me llamó y me dijo: “no te llamo para nada especial, únicamente para decirte que me encanta el trabajo que estás haciendo en la radio, el nuevo estilo que tiene y la profesionalidad de todo el equipo”. Y digo me sorprendió porque es muy poco frecuente que, entre compañeros varones, seamos capaces de elogiarnos los unos a los otros. Algunas veces, porque no sabemos expresar nuestros afectos; otras porque, en el fondo, sólo estamos prestos a la crítica y al fallo del prójimo. Y no tenemos la exclusiva: hay madres poco elogiadoras que sólo parecen expresar lo que “falta por hacer” a sus hijos; hay jefes que únicamente se acuerdan de ti cuando tienen que corregirte; y hay relaciones sentimentales que, después de los primeros años de noviazgo y cariño, apenas se regalan frialdad y reproche mutuo.

Leí un día que a los Beatles, en el comienzo de su carrera, les quitaban las ganas de cantar. Y gracias a su tesón, puedo saltar de la silla cada vez que pinchan Twist and Shout, o emocionarme al escuchar Michelle. Porque hay críticas que hunden e impiden a la persona desarrollar un talento que, con el estímulo adecuado, podrían desarrollar. En efecto, el elogio masajea el corazón y estimula la actividad.

Es cierto que habrá que distinguir muy bien entre el elogio y el peloteo. Aunque les doy una clave con la que seguro estarán de acuerdo conmigo: el elogio engrandece al que lo hace y recibe; y el peloteo dice mal del que lo hace y hace mal al que lo recibe. También es cierto que hay personas que necesitan ser reconocidas constantemente y eso es un problema. Pienso que una persona psicológicamente centrada sabe que el mejor premio es el placer del trabajo bien hecho y la mejor actitud la del servicio discreto.

Creo que debiéramos ir todos a la escuela del elogio y aprender desde chicos a decirle a mamá que estaba muy rica la comida o al hermano que jugaba muy bien al futbol. Recuerdo con cariño a mi amigo Rafael que, ya moribundo, nunca le faltó unas palabras de elogio al cariñoso trato de las enfermeras y a su profesionalidad. Y además deberían enseñar a descubrir que el elogio es para todo el equipo, que las tareas son casi siempre compartidas y que, para que una persona sea visible, hay otras muchas que hacen trabajos callados.

Nuestra condición de creyentes nos hace ser sustancialmente agradecidos: todo es Don y esta especial característica que nos conforma debe ser expresada en forma de elogio y afecto para los demás. Decir a una compañera que hoy está guapísima, a nuestro amigo que canta estupendamente, a nuestro padre que conduce seguro y firme, no es sólo un gesto de cortesía, sino una exigencia evangélica del que se siente agradecido por el regalo que es cada uno de los hombres y mujeres que habitan esta tierra.

En esta sociedad nuestra, tecnológica y débil, el elogio máximo es  el “me gusta” del Facebook. Te sugiero que, si le das a “me gusta” a este artículo, te animes a elogiar a tu madre, tu esposo, la compañera de trabajo… y todas las personas que agradecerán de corazón que les digas: ¡qué buen trabajo, compañero!

                                                                                                                                                                                                         Ramón Bogas Crespo

 

 

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