Me encantan los títulos de algunos libros y el premio Nadal de este año 2016, escrito por Víctor Nadal, me ha inspirado una reflexión que vengo rumiando desde hace unos días y que ahora os ofrezco.

¡Ya acabó! Es el comentario que, acompañado de un medio suspiro, todos los compañeros de trabajo, de gimnasio, o de obligados viajeros de ascensor, hacen en estos días en el que se termina la Navidad. Un cierto alivio por haber terminado, un año más, unas fiestas navideñas en las que hemos celebrado casi todo. Una sensación de estar ahítos de comidas, reuniones familiares, cenas con casi todos y unos kilos de más. Un año más sorprendidos y hastiados (¿es que es la primera vez?) y como si el año que viene no fuéramos a hacer “casi lo mismo”.

Supongo que es un tema de inercias: a pesar de proponernos celebrar menos, comer con más parquedad, comprar lo imprescindible y vivir más intensamente el “espíritu” auténtico de la Navidad… nos ha vuelto a “sorprender” que hemos ido a todas las cenas, hemos tenido que usar omeoprazol (y algún iboprufeno para la resaca), hemos comprado rápido y sin criterio algún regalo, y no hemos vivido “casi nada” el verdadero sentido de la Navidad.

Os decía en una artículo anterior que haber idealizado estas fiestas como lugar de reunión de TODOS los familiares, de momentos entrañables con los niños en casa y como el tiempo fraternal del año, nos llevaba a tener demasiadas expectativas y a poner demasiadas esperanzas en un castillo humano que casi siempre es frágil y se desmorona. Ni la cena fue tan bonita; ni en el regalo tan acertado; al final falló alguno de los esperados y el día 7 de enero (fecha en la que escribo esta líneas) casi todos estamos un poco aliviados (cuando no decepcionados) por estas navidades de inercia que hemos pasado. Seguro que con momentos buenos y divertidos pero con un cierto anhelo de “bendita normalidad”.

Sobre el sentido religioso ya casi mejor no hablar: hemos “perdido” en casi todas las parroquias la Nochebuena (“tengo a mucha gente en casa y no puedo levantar la mesa”), día 1 de enero, Santa María Madre de Dios (“Es que nos acostamos muy tarde”), la Epifanía (“vienen mis nietos a coger los regalos y a comer el roscón”). Haciendo un sondeo entre los compañeros sacerdotes, todos coinciden en que nuestras iglesias (con alguna excepción) estuvieron casi vacías en estos días.

Al final el motivo de la celebración ha sido fagocitado por la celebración en sí misma. Al final el celebrar las vísperas de casi todo ha impedido celebrar el Todo que se celebra. No quiero que parezca un cuento de Andersen, ni que destilen mis palabras pesimismo, sino llamada de atención o reflexión hacia dónde vamos como cristianos. El que escribe se tiene por “disfrutón”, se jacta de celebrar casi todo con casi todos, de gustar de estar con familia, amigos, parroquia… pero creo que se puede tener un equilibrio entre fiesta y espiritualidad, entre vivencia externa e interna, entre víspera y fiesta. Y, después de haber brindado con amigos y familiares, también se puede celebrar con la comunidad a ese “Dios con nosotros”, auténtico sentido y lema de la Navidad. Aunque mucho me temo que, el año próximo, escribiré similares palabras…

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