Sensación de cansancio permanente, jaquecas o acidez, falta de sueño o de brío, son algunas de las sensaciones que, seguramente, en el último mes hemos experimentado. Esta sociedad está cansada y esto lo digo desde mi propia experiencia (Y mucho me temo, querido lector, que desde la tuya también). Y no es sólo cuestión de cumplir años: también les duele el estómago a las de 20, o la cabeza a los de 30 y empiezan a perder el sueño los de 40…

En los últimos años se ha avanzado mucho en la toma de conciencia de las repercusiones somáticas de los desórdenes físicos y psíquicos. No soy médico, ni quiero meterme en temas estrictamente biológicos, pero desde mi mirada sociológica y creyente, no me cabe duda de que hay una “plaga de cansancio” en nuestras sociedades occidentales. Dicen los expertos que la mala alimentación, el estrés, la vida acelerada, los problemas no resueltos y las heridas del pasado se marcan en nuestro cuerpo como marcas de cera. Y si no las escuchamos pasarán factura.

La solución más rápida (pero más superficial) es el ibuprofeno. Mi madre mi dijo (con chispa) en una ocasión que “no sabe lo que tiene esa pastilla que se lo cura todo”. Pero no es verdad: mitiga, alivia temporalmente, pero prolonga situaciones y no va al origen del dolor. El cuerpo nos habla para enviarnos mensajes y debemos saber escucharlos desde la espiritualidad. Probablemente nos esté contando que tenemos que ahondar más, que debemos buscar raíces más profundas, que tenemos que pararnos a escuchar a un cuerpo que nos quiere, y por eso se queja.

Se ha llegado a hablar de la enfermedad como camino de autoconocimiento. Y es cierto que, respetando las enfermedades más graves que tienen otros orígenes, muchas de las cosas que nos pasan son como esa “fiebre” que nos avisa que algo no estamos haciendo bien: especialmente en nuestro interior.

La espiritualidad cristiana, a veces, ha dejado un poco de lado la intensa relación que existe entre el alma y el cuerpo que la habita. Y esa dualidad (que sirvió como distinción pedagógica) no es real: cultivar nuestro interior lleva consigo cuidar ese cuerpo que ama, toca, siente y besa. Y esto no es New age. Es cierto que desde algunas pseudo-espiritualidades se ha dado tanta importancia al cuidado corporal que se ha convertido en un dios en sí mismo. Pero estoy cada vez más convencido de que, alejados del hedonismo, de la esclavitud de la imagen, y de una nueva sociedad de consumo del “bienestar”, un cristiano tiene que saber escuchar lo que su cuerpo le está diciendo.

Jesús pasó todo su ministerio curando. Y la Iglesia debe de recoger ese testigo para ser portadora de SALUD INTEGRAL: Un creyente que sirve y ama, que reza y celebra en comunidad, que se compromete con los más débiles y es sal de la tierra, pero que sabe cuidarse y ponerse a la búsqueda de las causas que provocan muchas de las llamadas que está lanzandole su cuerpo porque le ama. En definitiva, saber donde ir a beber de ese Agua que quita la sed para siempre.

                                   Ramón Bogas Crespo

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