O yo he tenido mala suerte o nunca he “acertado” con las palabras justas para corregir al otro. De hecho ya casi me he dado por vencido. Cuando he tenido que corregir a alguien de mi entorno, siempre ha acabado en “drama”: sentir que tus palabras eran ofensivas, o inoportunas, o faltas de veracidad.

Y como siempre hay que mirar las cosas desde el espejo: a mí no me ha hecho gracia cuando me han corregido. Cuando el jefe te dice que no estás dando todo lo que podías, o tu esposa te sugiere que te estás poniendo “fondón” o que estás empezando a ser egoísta en tu forma de hacer… jamás respondemos con un:- “es verdad, tendría que hacérmelo mirar, voy a tratar de corregirme”-. Todos sacamos nuestra “artillería dialéctica” cuando alguien nos interpela, nos corrige o nos previene de que el camino que estamos tomando, no nos lleva a buen puerto. Sin duda nuestra supuesta humildad se pone a prueba cuando alguien nos dice que estamos haciendo las cosas mal.

Por más que se hable de la necesidad de comunicarse, de decirse verdades en pareja, en comunidad o en familia, al final en la mayoría de las ocasiones, estas interacciones acaban en un dialogo de sordos o en un “y tú te callas porque en otras cosas eres peor”. El tema se me ocurría cuando, este domingo en el Evangelio, escuchábamos a los habitantes de Nazaret enfadarse tanto cuando Jesús les interpelaba su incapacidad de descubrir lo extraordinario en lo ordinario, de ver a Dios es el humilde hijo del carpintero.

¿Es posible la corrección fraterna, sincera y constructiva? ¿Realmente estamos dispuestos a ser corregidos y a acoger las palabras del otro que ponen en duda nuestro hacer y nuestra vida? ¿Sabemos cómo corregir al otro con cariño y evangélicamente?

Os propongo un pequeño manual de instrucciones para la difícil tarea de la corrección: En primer lugar, reconocer lo bueno de los demás. Tenemos que ser capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando. En segundo lugar, ha de corregirse con cariño: tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento: tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría. Además sugiero que habría que empezar por compartir que su error, en cierta medida, también es el nuestro. Así no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.Por último, hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, siempre esperando a estar los dos tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar a un momento más oportuno, porque de lo contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse.

Y sin duda aplicar mi regla de oro: el primero en aprender a ser corregido tiene que ser uno mismo. En el camino de espiritualidad y de crecimiento interior al que estamos llamados como cristianos, tenemos que aprender a encajar las criticas que vienen del que nos ama, para así poder corregir al otro desde el amor.

                  Ramón Bogas Crespo

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