Debe ser un trauma infantil (esto suena muy literario) pero detesto el carnaval. No tengo nada en contra, y sé que hay mucha gente que siente pasión y pone mucho talento, y se divierte en estas fechas en las que nos ponemos una careta y salimos a la calle a ser un “personaje” distinto del que somos habitualmente. Aunque mucho me temo que la careta sigue puesta sin ser carnaval.

En carnaval no hay más que la fachada que uno quiere mostrar. Pero es una potente metáfora de cómo a veces podemos vivir. Me disfrazo de fuerte cuando me sé frágil. Aparento ser duro aunque estoy quebrado por dentro. Muestro seguridad cuando en el fondo tengo mil miedos y me he llegado a disfrazar de “super madre”, o “cura perfecto” o “Don tengo-todo-controlado”.

Ya los actores del antiguo teatro griego utilizaban una máscara que llamaban “prosopon” (persona), y de ahí procede la palabra personalidad. Cada ser humano lleva una máscara para representar su papel en el gran teatro de la vida, aunque a la postre, el papel –el personaje- se acaba pegando a nosotros más que nuestra propia piel. Es una estructura de supervivencia, que nos salvó la vida de pequeños pero que luego nos puede arrebatar la vida al “desconectarnos” de lo que realmente somos, de esa alma única que Dios creó.

Reconozco que uno tiene derecho a ser prudente con lo que muestra y lo que no. Pero es importante ir haciendo ese viaje interior que te lleva a reconocer y agradecer esa necesaria máscara que has tenido que ponerte para sobrevivir en sociedad; y comenzar un proceso sincero, a veces doloroso, pero siempre fecundo, de compartir toda esa vida que va por dentro. Pocas experiencias más placenteras hay en este mundo como  comunicarse con libertad, en hondura y verdad, con un amigo fiel; cuando uno es capaz de expresar realmente lo que es y lo que le pasa.

Como quien se quita el maquillaje frente al espejo, para encontrarse con la piel desnuda. Como quien se va despojando de capas o ropas y va quedando en desabrigo. En este tiempo de ceniza os propongo que veamos nuestra verdad sin adornos. Se trata de ver lo bueno y lo malo. Mirarme y saber quien soy y ser “verdad” para los otros. Descubrir la grietas, para ver si hay que hacer algo con ellas y buscar a quien es mi bálsamo y consuelo, el que me ama sin caretas ni maquillajes.

Aunque nos dejemos la piel, hay que ir a la raíz de todo. Y siento que ésta es una llamada para todos en esta cuaresma. De una manera providencial llega la ceniza después del carnaval para invitarnos a esa ruta por el desierto que nos hace desnudarnos y despojarnos de nuestras caretas ante Aquel que, en palabras de San Agustín, es “más interior que lo más íntimo mío”.

Feliz, silenciosa y desgarradora cuaresma…

                                                     Ramón Bogas Crespo

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