Reconozco, con cierto pudor, que a veces veo antes de irme a mis quehaceres vespertinos, el programa de Juan y Medio. Nuestro paisano tiene “chispa” y creo que es respetuoso con ese muestrario de vidas rotas que “buscan compañía”. Todos los invitados al programa, sin excepción, repiten un “lugar común” que se ha instalado en nuestra sociedad: “lo peor de la vida es estar sólo”. Cuando lo afirman, todos los asistentes como público, el mismo presentador, y la mayoría de los televidentes, asienten como si fuera una verdad infalible, una evidencia.

Es cierto que muchas personas se sienten solas. Una soledad que brota del drama humano de no sentirse amado o de no haber gestionado bien sus afectos o de la pérdida de seres queridos. La compañía, la hermandad, el amor y la amistad son, sin duda, un regalo y una necesidad. Dicen los antropólogos que el ser humano, está constituido como receptáculo; esto lo configura con un vacío radical que hace que experimente diferentes carencias: desde la necesidad de respirar el aire, pasando por la necesidad de alimentos, de afecto, de reconocimiento por parte de los otros, hasta la aspiración a lo Otro donde culmina la aspiración de todo deseo.

Lo que mucho me temo es que, a veces, en esa necesidad de no estar solo, esconda otras carencias personales, una incapacidad de soportarse a sí mismo. Sé que es un duro aprendizaje y más para nuestra cultura mediterránea en la que somos socializados para estar siempre en el bullicio de la plaza.

Vivir solo no significa sentirse solo o sentirse sola. Muy al contrario, permite a menudo facilitar la sociabilidad. Descubrir la posibilidad de tener amigos y amigas, de darse a los otros, de estar abiertos a nuevas personas que entran por la vida, a la familia y a la comunidad… En otras palabras, permite una realización personal, un aspecto hoy muy valorado en nuestra sociedad.

Es cierto que hay soledades que brotan del egoísmo. De la incapacidad del compromiso, de una vida cerrada en sí mismo, incapaz de la convivencia, y de saber compartir cotidianidades. Pero hay soledades deseadas, queridas y habitadas.

Propongo como solución un pacto, una tarea: a los que vivís en compañía (¡a veces pegados a pespunte!) os animo a buscar espacios de soledad. En ellos podréis escuchar vuestras voces: las buenas y las malas. El poeta Juan Ramón Jiménez la llamó la soledad sonora. Ratos de sentir que eres una maravillosa criatura, única y capaz de descubrir a un Dios que nos habita. Por otra parte, a los que vivimos solos, una llamada a vigilar nuestros egoísmos, nuestras crecientes rarezas y saber salir al encuentro del otro, compartiendo casa y comida, convivencia y cotidianeidad.

Abiertos a los otros que nos complementan; en búsqueda de ese Otro que culmina todos nuestros deseos; solos o acompañados, estamos llamados, en este desierto de la cuaresma, a buscar la experiencia de una soledad habitada.

Ramón Bogas Crespo

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