No, no me he equivocado. Ya sé que el Papa Francisco convocó recientemente el Año Santo de la Misericordia pero les decía a mi gente el domingo pasado en la homilía que voy a escribir una cartita al Vaticano (¡no sé el caso que me harán!) para que se convoque el año de la escucha. Y lo digo por lo que veo a mi alrededor y por las necesidades que voy descubriendo.

Lo que veo a mi alrededor, es una sociedad que no escucha. La mayoría de las interacciones entre amigas, compañeros, o hermanos son la de dos personas que hablan sucesivamente pero que ninguna de las dos escucha. Por decirlo de una manera gráfica podría describirlas así: “Mira Isabel, desde hace días me duele el estómago”, y sin dilación, de manera instantánea, Mercedes responderá: “yo llevo de un tiempo para acá que también me duele la espalda”. Y como éstas miles de conversaciones y de tertulias donde lo que realmente importa es contar lo que “a mí me pasa”. De hecho haced una prueba: buscad un poco de tiempo, haced las preguntas oportunas y os pueden dar las uvas escuchando a vuestro interlocutor, sin apenas haberte preguntado algo sobre ti y tu vida.

El otro día leía en la prensa que Jesuitas y Camilos iban a abrir un centro en Valencia donde escuchar a personas en crisis familiar o de pareja, a personas en duelo para ir asimilando la pérdida del ser querido y a inmigrantes que sufren por el desarraigo de sus ambientes de origen a causa de la emigración. Me pareció una iniciativa tan genial que creo que deberíamos abrir uno en cada ciudad, consciente de que esa Iglesia “hospital de campaña” que propone el Papa Francisco va por esta línea. De hecho, ha llegado a hablar de “una Iglesia de la escucha en la que cada uno tiene algo que aprender”.

Estamos necesitados de ser escuchados porque, por más vida social que tengamos, sigue siendo necesario contar lo que nos pasa, lo que nos preocupa y desconsuela. Necesitamos poder abrir la intimidad sin perder el pudor. Y tener confidencias en esa “posada del amigo” donde pueden fluir las palabras a sabiendas de que no encuentran juicio sino compresión y buen consejo.

Pero también estamos llamados a escuchar para salir de nuestro ego, de nuestro ombligo existencial y abrirnos a la verdad del otro, a la historia del otro que tiene mucho que ofrecer. Y hacerlo con empatía. La escucha empática es aquella escucha por la cual captamos el mensaje de nuestro interlocutor sin prejuicios, poniéndonos en su papel, apoyándole y aprendiendo de su experiencia. Oímos con la intención de comprender sus sentimientos. Y el solo hecho de sentirse escuchado y valorado ya es terapéutico para la persona que habla.

Y cuando se ejercita el oído, también se oyen otras voces más profundas: las voces de nuestra interioridad, de nuestras heridas no curadas, de nuestro cuerpo que nos está mandando mensajes, de nuestros remolinos emocionales y finalmente, en oración, la voz de Dios que nos quiere hablar en este desierto cuaresmal. Honestamente, me parece improbable que una persona que no escucha a la persona que vive a su lado, tenga la capacidad de escuchar a un Dios que necesita silencio y disposición interior para escucharlo.

Ramón Bogas Crespo

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