Hace años leía un artículo de Juan José Millás en el País que describía muy bien un nuevo síntoma de la sociedad contemporánea: la impaciencia. Contaba de manera poética cómo hace solo unas décadas, desde que pasaban las cosas hasta que podíamos transmitirlas, tenían que pasar días, a veces, meses. Algún misionero amigo me contaba, que se enteró de la muerte de su madre tres meses después. Escribir una carta suponía tener un tiempo para redactarla, llevarla al correo, ser enviada y más tarde recibida. En cambio, en la era de los móviles todo se hace al instante: acción-reacción.

Los sentimientos, las emociones, los juicios de valor y nuestras respuestas necesitan, a veces, un tiempo de maduración y reposo. Porque la primera respuesta no siempre es la más auténtica, ni la más razonable, y si me apuráis, la más conveniente. Yo creo (y les habla un impaciente) que todos tenemos en nuestro “curriculum emocional” una historia de respuestas inoportunas, exageradas o injustas… en su gran mayoría fruto de la impaciencia.

La nueva era de la comunicación ha traído la posibilidad de estar conectados permanentemente con los cercanos y lejanos, de poder compartir ideas, besos (aunque sean emoticonos) o actividades instantáneamente, pero ha traído consigo una consecuencia, a veces, desastrosa: nuestra incontinencia verbal y emocional. Es la tiranía del doble check, la exigencia de responder al instante, sin haber pensado y madurado la respuesta.

Todos tenemos experiencia de que nuestras opiniones, respuestas y emociones van serenándose con el tiempo. El silencio, la oración y el sosiego ayudan a ver las cosas con otra perspectiva, a comprender otros lados de la realidad y a restar importancia a las cosas. Sin ese tiempo, las emociones están a flor de piel y nuestro juicio se hace temerario. La noche, la almohada y la puesta de sol suelen ser un remedio maravilloso para dar una adecuada respuesta ante la persona amada, ante el amigo lejano o el compañero de trabajo.

El domingo pasado, la Palabra hablaba en parábolas de dos actitudes bien distintas: ante la higuera plantada que no daba fruto, el impaciente responde vehementemente: “córtala”. Pero el Viñador, sereno y confiado, responde desde el sosiego, la mesura y la misericordia: “Déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”. Dos estilos, dos formas de reaccionar que brotan desde la impaciencia o desde la confianza y la ternura.

Me hago un propósito y os propongo un reto: sobreponernos a la impaciencia del doble check, tomarnos un tiempo para dar respuestas y así poder pasarlas por ese silencio orante que da perspectiva y calma a nuestras tempestades emocionales. Esperar a la aurora para que nuestra mirada se vaya haciendo más serena y misericordiosa, al estilo del Maestro.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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