Andamos siempre comparando. Comparamos unas ciudades con otras: “Málaga sí que está bien comunicada y tiene ofertas culturales y turísticas”. Comparamos sistemas educativos: “En Dinamarca sí que se educan bien a los niños”. Comparamos restaurantes, parroquias, tiempos pasados y presentes, y lo más peligroso, comparamos a las personas y el amor que recibimos de los otros.

Percibo en muchas ocasiones (no sé si por un Edipo mal asumido) demasiada atención en cómo es el trato del jefe para unos y otros empleados; la atención especial del párroco sobre algún grupo frente a otro; la mirada preferida de los padres sobre alguno de los hijos. Y cómo esa mirada, según nuestro parecer, diferenciada, produce mucho dolor e insatisfacción.

El hombre viejo compara constantemente porque lo que hay de fondo es una no aceptación de uno mismo. Porque necesita una “confirmación” de lo que es, de su dignidad, en la mirada del otro. O necesita ser más que otro para poder restañar una herida abierta desde muy lejos. Y en ocasiones, es esa mirada herida, la que hace ver los “fantasmas” de los tratos diferenciadores, de las miradas despreciativas, en definitiva, de las comparaciones en el amor.

El hombre nuevo ha recibido el don de la aceptación incondicional de Aquel que le ama sin condiciones. Sanado interiormente, acepta el amor que le ofrecen sin comparaciones. Es más, viviendo esa sobreabundancia de amor, sabe renunciar sin exigir a los demás que también lo hagan. Acepta que hay distintos modos de amar y sabe acoger las, a veces, torpes expresiones de afecto de los más cercanos. No compara porque el Alma no confronta sino acepta sin condiciones.

El pasado domingo leíamos la famosa parábola del Hijo pródigo, del padre misericordioso o del hermano “comparador”. El Padre amaba a los dos incondicionalmente, a cada uno de una manera distinta: “Mira, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo”, le decía al hijo mayor. Pero su mirada herida de hombre viejo no fue capaz de percibir ese amor y por eso sus palabras hablan desde la herida: “Mira, en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos”. Sin duda, el problema estaba en su forma de mirar al padre, comparando lo que es imposible hacer: el amor de un padre o una madre, el amor auténtico de la persona amada.

El reto que os propongo esta semana es reconocer nuestra mirada herida y comparadora, para ir descubriendo un nuevo paradigma donde, desde nuestra absoluta dignidad, sepamos aceptar lo que recibimos sin comparaciones. Reconocer los mimos recibidos, a veces torpes y abruptos; otros, delicados y silenciosos. Todo aceptado, todo gratis. Y de todos, valioso.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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