Hace unos días fui a visitar a un amigo jesuita a su nueva comunidad de Nador. Una Iglesia profética y sencilla, con apenas unas decenas de cristianos (en su mayoría sacerdotes y religiosas) que lleva una encomiable labor social y testimonial en aquel norte africano. A la vuelta de Alhucemas, en un cochambroso autobús, dejé olvidada mi chaqueta. Pero no una chaqueta cualquiera, sino esa prenda que todo el mundo tenemos que no nos quitamos de encima a pesar de tener otras 10 en el armario.

Disgustado por mi olvido, y sin ninguna esperanza, fui a la estación de autobuses por si podía recuperarla. La misión era más imposible que la de Tom Cruise. En una destartalada estación de autobuses en la que nadie hablaba ni un poco de francés, pretendíamos que alguien nos devolviera una chaqueta olvidada. Fuimos a la ventanilla y explicamos por gestos nuestro olvido. Sorprendentemente, hicieron una serie de llamadas y nos dijeron que al día siguiente fuéramos a recogerla a la una (o algo así entendimos). Escépticos y desganados nos presentamos allí y…  ¡MILAGRO! ¡Mi querida chaqueta estaba allí intacta!

Esos, y muchos otros pequeños gestos, son los que nos hacen recuperar la fe en la humanidad. Cansados de escuchar: “piensa mal y acertarás”, “esa gente no es de fiar”, al final acabamos enrocados en la sospecha, en la desconfianza del vecino, del hermano, del distinto. Hoy os invito a apearos  de ese camino que conduce a la permanente cautela, al juicio fácil, al prejuicio estéril.

Sé que estarás pensando que soy un ingenuo y que la vida enseña que fiarse del otro produce muchos desengaños y dolor. Todos tenemos dentro a ese Tomás del Evangelio del domingo, que tiene la sospecha como arma y la desconfianza como bandera, pero yo elijo creer que es posible otra forma de relacionarnos los unos con los otros, que la fraternidad es posible aunque a veces se haga escurridiza. Apuesto por creer en el vecino que siente, ríe, trabaja y se equivoca como yo. Creer en la humanidad capaz de grandes desatinos pero también de grandes logros como devolver una querida chaqueta.

La Pascua inaugura una humanidad nueva. Jesús, con su resurrección, comienza un inédito camino, una nueva mirada resucitada sobre los demás, confiada y misericordiosa. El prejuicio ramplón y la sospecha estéril pertenecen al hombre viejo por el que Cristo murió en la cruz. La confianza sensata y la fe en el otro son signos de esa humanidad resucitada que pretendemos vivir los cristianos.

Quien no lo crea (como Tomás) os invito a mi parroquia a que la veáis y la toquéis. Mi querida chaqueta, todo un milagro de una humanidad resucitada.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

Pin It

BANNER01

728x90