Mi artículo de hoy también se inspira en una escena de Almodóvar. En este caso tomo como musa a Todo sobre mi madre. Huma Rojo, protagonizada por la inconmensurable Marisa Paredes, no puede comparecer ante su función teatral de “un tranvía llamado deseo”.  De una manera improvisada, para intentar salvar el contrato de su amiga, Antonia San Juan sale al escenario y hace un memorable monólogo para la historia del cine: “Si os quedáis, yo prometo entreteneros contando la historia de mi vida. Me llaman la Agrado, porque toda mi vida solo he pretendido hacerle la vida agradable a los demás”. Y es que en nuestra historia, hay muchas Agrados: personas que dedicaron corazón y vida en darse a los demás. Un poco de este difícil equilibrio entre el dar y el recibir, trata el artículo de esta semana.

Creo que todos conocemos a personas “ayudadoras”: los dadores. Parece que están pendientes de los otros para cualquier necesidad. Son serviciales, generosos, e incluso, algunos han inmolado su propia vida a favor de una madre enferma, un marido latoso o un hijo con problemas. Desde luego, hay mucho que agradecer a estas personas, aunque, a veces, queda la pregunta de si, en esa ayuda, no hay algo de necesidad, de reconocimiento o si esta personalidad puede llegar a desembocar en actitudes un tanto negativas, ya que el interés mostrado puede ser tan excesivo, que se torne en obsesión y manipulación hasta lograr una sensación de satisfacción, de logro y salvador de vidas ajenas.

Por otro lado, está el receptor. Lo digo con un término psicológico que es más diplomático, pero creo que todos lo tenemos en nuestro imaginario: un egoísta, “merecedor” de todo; de estos de “a mí que me las den todas”. Centrados en sí mismos, con la suerte de encontrar a personas que lo quieren y le sirven, sabe utilizar sus recursos personales y sociales para estar siempre con la mano tendida.

¿Hay normas que regulen el intercambio entre dar y recibir? ¿Es dar lo cristiano? ¿Me doy el derecho a recibir o siento que si lo hago estoy haciendo algo egoísta? Los cristianos, en ocasiones, hemos puesto demasiado énfasis en el hacer y en el dar. Desde una lógica más teológica, todo es DON PREVIO RECIBIDO. Solo de lo recibido, puedo dar. Solo desde la experiencia del amor previo, uno puede amar sanamente. “Todo lo he recibido de mi Padre”: dice Jesús en el evangelio de San Juan y es que tan divino es dar como recibir. El amor perfecto es un amor de ida y vuelta. Es cierto que sin rácanas medidas o miserables comparaciones.

En psicología, se les llama equilibradores a los que saben guardar esa necesaria proporción entre el dar (y darse) y recibir. Porque todos necesitamos mimos y arrullos, porque no nos podemos entender sin el amor previo de Dios por nosotros, porque hay mucha alegría en ayudar, pero, por qué no decirlo, también da mucho “gustito” cuando se acuerdan de nosotros, nos regalan besos y nos sentimos servidos y amados. Sin duda, la Agrado de Almodóvar es una caricatura entrañable de muchos amores asimétricos que, a veces, han sido amparados por una falsa idea de abnegación cristiana. Desde tu lógica, Señor, creo que nos llamas a vivir en ese difícil equilibrio entre el dar y recibir.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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