En la paradójica existencia que vivimos, emocionado preparando la primera comunión de mi sobrina, me llama un íntimo amigo contándome que se acababa de morir su madre. Vida y muerte, esperanzas y despedidas se entrelazan en un instante. Es parte de la vida.

En seguida, fui al hospital y tuve el “privilegio” de poder compartir con sus 5 hijos, y algunos nietos, ese momento tan íntimo de la despedida. Se expresaron emociones, agradecimientos, lagrimas y pudimos rezar juntos ante el cadáver todavía presente en la habitación. Aquella escena me hizo reflexionar sobre la importancia de la despedida, de la necesidad de ir preparándonos (aunque sea una dificilísima tarea) para la muerte.

Todos vamos envejeciendo, porque ser mayor es una consecuencia de la vida biológica. En esto no hay elección. Y los patéticos intentos de la sociedad contemporánea de intentar disimular lo inevitable no han hecho nada más que subrayar la inexorabilidad del tiempo. Pero lo que sí podemos elegir es cómo envejecer, cómo vivir: llenando los años de vida, en vez de la vida de años.  Porque ser mayor puede ser un arte, cuando se asume la propia vida con sus deterioros, conocimientos, capacidades, aprendizajes y expectativas de futuro. Conseguir un envejecimiento activo, potenciando mantener la independencia, la participación social y el bienestar emocional y espiritual, me parece el mayor reto que nuestra sociedad envejecida tiene en este momento.

La persona mayor vive dentro de sí misma una contradicción entre lo que desea y la realidad que le acompaña. Le cuesta no alcanzar objetivos que en su día fueron fáciles para ella, pero ha de adaptarse a lo que es lo propio del mayor, que es vivir un tiempo libre de prisas, con serenidad de espíritu, con tiempo para la reflexión, e ir alcanzando cada vez mayor sabiduría y paz interior, como premio por abandonar prisas y rivalidades.

Pero la vejez (y la muerte) no se improvisan, se van preparando poco a poco, con una dosis de aceptación, de humor, de flexibilidad interior, para encontrar el sentido a cada nuevo día y tomar conciencia de que nuestra vida está en los amorosos brazos del Padre.

Aprovechar este tiempo para expresar el cariño a tu gente, para compartir la experiencia de Dios y prepararse para terminar la vida con hondura, es decir, con serenidad y dejando a los demás bien queridos, sosegados y reconciliados. Hace falta mucha sabiduría para llevar todo esto a cabo. Hay muchas personas que les ha pillado por sorpresa (a ellos no van dedicado estas letras). Pero los que vamos sintiendo el peso de los años, los que queremos vivir y morir con sentido y desde Dios, tenemos que ir haciendo la tarea: ahondar en nuestra fe, compartir y expresar el agradecimiento a los que nos rodean, ir hablando con el “Jefe” de mis pérdidas, reconciliarnos y saber reconciliar… y muchas otras faenas que como en la película de Isabel Coixet, Mi vida sin mí  tenemos que hacer antes de la DESPEDIDA y el ANHELADO ENCUENTRO. Muchos lo han conseguido. Me pongo en la tarea…

Ramón Bogas Crespo,

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

                   

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