Mi querida amiga Cristina, en una de sus más célebres frases, siempre me decía que “si yo saliera con un hombre que en la primera cita se pidiera en el restaurante una tortilla de jamón york, tendría clara conciencia de que ese tío y yo, no teníamos ningún futuro”. La idea conecta con la de mi abuela que decía: “no te fíes nunca de un hombre que no le gusta un vaso de vino”. En común las dos afirmaciones destilan que, en la vida, nos gustan más las personas que tienen un poco de “pimienta”, de chispa y que saben vivir (y beber) la vida intensamente.

No es ningún dogma de fe, por supuesto, pero he de admitir que no me gustan los “santurrones”. Me refiero a la gente que se cuida demasiado, que no comete ningún exceso, que tiene ese aire de no haber roto ningún plato (y que encima presume de ello), que parece que siempre lo tiene todo controlado y medido, que nunca se pasa de la raya. Entre otras cosas, porque mucho me temo, que todos tenemos algunos pequeños demonios escondidos.

Prefiero la gente vital, la que le gusta reírse a carcajadas, la que en una fiesta es capaz de “darlo todo”, la que disfruta comiendo patatas a lo pobre con huevos y sabe brindarle a la vida con un vaso de vino. En el fondo, personas de carne y hueso que saben lo que es una caída, lo que es equivocarse, que han vivido una experiencia de dolor, de marginación, de fracaso: hombres y mujeres que han “descendido a lo infiernos”. Dios no nos ha creado para la gelidez, sino para la pasión profunda de quien apuesta, se equivoca, se emociona y, a veces, se cae.

Porque para ascender, hemos tenido que haber bajado. Y saber lo que es el fracaso. Y para que Dios comprendiera nuestras miserias, hacía falta que visitara los infiernos. Sin duda, yo tengo más empatía con los que han experimentado ese descenso que con los “que no rompieron un plato”. No hay nada más bonito e incomparable que encontrar a esa persona que ha pasado por el infierno y comprende muy bien tus propias caídas. Y no hay nada más “salvador” que un Dios misericordia que entiende lo que es bajar para llevarnos en volandas a los cielos.

El domingo pasado, celebrábamos la Ascensión del Señor y me llamó la atención al rezar el credo que, antes de subir a los cielos, bajó a los infiernos. No se lo ahorró. Tenía que visitarlos para conocer nuestros infiernos personales y sociales. Para solidarizarse con nuestras caídas y angustias, con nuestras meteduras de pata y nuestros excesos, para sanarlos y salvarlos.

Me gusta ser cristiano porque nuestro “Jesús-Dios” vivió y amó intensamente. Porque pasó por la vida riendo y cantando, curando y ahondando. Y porque antes de ascender a los cielos, bajó a los infiernos. Mucho me temo, amigos, que a Jesús no le gustaba la tortilla de jamón de york.       

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del Obispado de Almería

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