Reiteradamente, hemos sostenido un adagio popular que afirma: “hablando se entiende la gente”. Pero a mi me parece, que nada más lejos de la realidad, porque el mero hecho de hablar el mismo idioma no significa que nos entendamos. -¿Qué te gustaría que te comprara para tu cumpleaños?- -Nada, no te preocupes que este año andamos apurados-. En castellano significa lo que parece, pero en la vida como no se lo compres estás “perdido”.. Y como éste miles de ejemplos: palabras suspicaces, malentendidos, cosas no dichas, tonos no comprendidos… toda una pléyade de razones para afirmar que hablando, si no se quiere, no se entiende la gente. Yo no sé si es porque soy hombre o torpe (o las dos cosas a la vez) que me sorprende cada día más de que las cosas no se entiendan como hemos querido expresarlas.

La mayoría de nosotros escuchamos a través de una pantalla de resistencia. De una auténtica comunicación nos separan nuestros prejuicios, nuestros deseos o expectativas, nuestros miedos, etc. Por lo cual, lo que realmente escuchamos es … nuestro ruido, nuestro sonido, no lo que realmente está siendo dicho. Hablamos y no nos entendemos porque en el fondo, no queremos hacerlo y estamos al acecho de la palabra del otro para reforzar nuestra idea, nuestro prejuicio o para demostrar que “en el fondo, no quería comprarme el regalo porque si no hubiera insistido más” o para concluir que “si quería hacerlo realmente que no me pregunte y lo compre”.

Sin necesidad de “maldición divina”, nuestra comunicación es puro Babel, que representaba bíblicamente la imposibilidad de todos los humanos para hablar entre ellos con un único lenguaje. Babel es el lugar de los encuentros frustrados, de los hombres que no se entienden, donde se multiplican los equívocos. Babel simboliza el choque y el enfado mutuo del que, sin Espíritu, está condenado a no entenderse.

Inocentemente propongo una utopía. Mejor hablar con palabras sinceras y escuchar sin prejuicios. Para reconocer y elogiar lo bueno. Para criticar lo que pueda mejorarse, pero desde una actitud de concordia. Mejor hablar desde el cariño y la ternura y acogerlo así, tal como viene. Mejor hablar con palabras que tienden puentes, estrechan distancias y entrelazan vidas. Mejor hablar y escuchar movidos por el Espíritu.

Acabábamos la Pascua con la fiesta de Pentecostés y me sorprendía que todos aquellos venidos de tantos sitios y hablaban distintas lenguas, fueran capaces de entenderse. En cambio, nosotros que compartimos la misma, somos incapaces. Al final es el Espíritu de Dios quien puede hacerlo. Si nos comunicamos desde Él, no habrá frontera, ni obstáculo, ni lengua que lo impida. Si, por el contrario, lo hacemos desde nuestros egos y heridas, no habrá forma humana de entenderse porque, amigos, es amando como se entiende la gente.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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