De forma provocadora, un amigo sacerdote, me cuenta que cuando va a casar a una parejilla de novios piensa interiormente: “¿Cuál de los dos sale perdiendo?”. Porque es cierto que, aunque sobre el papel, los dos deberían de salir ganando, nuestro olfato y experiencia sobre las relaciones humanas (y amorosas) nos dice que, casi siempre, uno sale perdiendo. Hemos hablado desde esta tribuna de “amores que no son lo que parecen” y hoy reflexiono sobre relaciones “fagocitadoras”.

Yo creo que todos tenemos en mente algunas relaciones de pareja o de amistad en las que uno de los miembros acaba anulando la personalidad del otro, bien sea por su propia inseguridad, por su sentimiento de que la otra persona le pertenece, por celos… Anular sus hobbies, sus gustos, alejarlo de su familia de origen, hacerlos inútiles y dependientes, controlar cada uno de sus movimientos, etc., son algunas de las técnicas empleadas para anular autonomías. Bien es cierto (todo hay que decirlo) que no hay dominado que no se deje dominar. Es decir, que la parte que permite esa anulación, a veces, es corresponsable de esa perniciosa dinámica. Son las paradojas de la vida. Es verdad que el amor es complicado, quizás porque nosotros lo somos más.

Me emocionaba el domingo pasado al contemplar la Trinidad, el estilo de amor de Dios. De los galimatías teológicos del pasado: “tres personas distintas y un solo Dios” me quedaba con lo diferente y a la vez único que es el amor de Dios. Independientes, complementarias, respetando autonomías, fecundas… así son las “relaciones amorosas” de Dios. El amor de Dios no apresa, pero está cerca. No invade, pero quiere entrar en la propia vida. Y puede ser un modelo para lo que cada uno vivimos en el día a día.

Porque amar “al estilo trinitario” es respetar la autonomía del otro: su proceso. Admirar su absoluta dignidad y permitir que se desarrolle en libertad. Compartir alegrías, reveses, errores y cotidianidades. Es estar al lado del otro y no encima. Es compartir lo que somos y estar abiertos a lo nuevo y al nuevo. Una apertura que va a ser totalmente enriquecedora para ampliar los temas de conversación, establecer nuevos debates y redescubrirse uno mismo. Autónomos, únicos y a la vez entrelazados y dependientes, así es el amor de Dios y nuestro modelo de amor debería de parecerse, en la medida de lo posible, a su modo de amar.

El reto que os planteo hoy es difícil. Seas fagotizador o fagocitado, creo que es posible amar de otra manera. Relacionarnos con los otros sin necesidad de anularlos o ser anulados. Respetar las autonomías y fusionarnos en un abrazo. Ser muy distintos y reírnos de las mismas cosas, muy diferentes y cómplices al mismo tiempo. Así, a la manera del amor trinitario. Así, como “Dios manda”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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