Me encanta celebrar mi vida con la gente, con mi gente, con aquellos con los que me siento en mi salsa, especialmente con los que puedo ser más yo mismo. Pero también sé que hay gente a la que nadie invita a ninguna fiesta y me gusta que haya un plato de más porque, a veces, es la mejor terapia para la tristeza, la soledad o los prejuicios. Mezclar a gente variada, de distintas calañas y edades, de diferentes orígenes e historias… es la fiesta, el banquete que refleja la hermandad.

Y lo mejor viene cuando llega la hora de prepararlo todo: el mantel limpio, la luz justa, la música de fondo. Y de menú: lo necesario para que si viene alguien más, siempre se pueda compartir con el que llegue, sin avisar. Porque a mi mesa están invitados todos menos los excluyentes, los que piden la lista de invitados previa, los que no pueden hacer el “esfuerzo” de compartir un rato con el desconocido o con el que no le cae del todo bien. El “banquete” de Dios es un banquete en el que no hay excluidos y los nuestros deberían de parecerse, en la medida de lo posible, al banquete celestial.

Un remedio mágico es el arroz. Lo maravilloso de este plato es que con unos pocos euros, con gracia y sal, se puede hacer una fiesta para muchos. Ya lo dice el poeta en Asia: “El arroz es un cielo”. Y es un cielo porque le ha quitado el hambre a millones de hombres y niños en aquella tierra. Ninguna madre le diría que no a un hijo que, sin avisar, se apunta al arroz del domingo: “no te preocupes, hijo, siempre se puede echar un puñado más de arroz”. El encanto del compartir, el milagro de que con el mismo fumé es posible poner un plato más al que llega.

Siempre me impresionó el relato de la multiplicación de los panes y los peces. En aquel monte, con la hierba alta, cientos de personas estaban ansiosas por escuchar al Maestro, de encontrarse con otros, de sanar sus enfermedades. Aunque los exegetas y eruditos me vocearán, a mí me da que Jesús lo que hizo fue un arroz. Con esos dos pescados, un poco de Sal divina y mucha Gracia, le salió un arroz estupendo para que, sin avisar, pudieran comer todos hasta saciarse, para que pudieran reírse a carcajadas, vivir el gozo de la hermandad sin exclusiones y sentirse hermanos e hijos de un mismo Padre.

Porque sólo somos familia en la fracción del pan y en la Eucaristía. Sólo en los banquetes sin listas de invitados y sin exclusiones podrán reconocernos como cristianos. Porque sólo hace falta: voluntad para incluir, fe en que, al final, todo va a salir bien, buen talante para encontrarse con el inesperado, muchas ganas de compartir y pasárselo  bien y un PUÑADO MÁS DE ARROZ.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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