Una fría noche de invierno (¡siempre soñé con empezar un artículo así!) un cura urbano recién ordenado (es decir, un servidor de ustedes) pasaba una de esas eternas veladas en su primer destino: un pueblito en la falda de Sierra Nevada. Son esas noches eternas en las que uno tiene que ir “gestionando” su soledad, superando sus miedos y anhelando la aurora.

Estaba yo en esas, cuando llaman a la puerta a más de las 10 de la noche. Tembloroso, abro la puerta. Era una desconocida mujer de mediana edad que me cuenta su historia: había discutido con su pareja, la había dejado sola en la gasolinera de la carretera y no tenía donde pasar la noche hasta el día siguiente que podría coger el autobús hacia Granada. En un pueblo de esas dimensiones, no había policía local, ni albergue, ni siquiera hostal abierto y le habían dicho en el bar que el cura podía ayudarla.  ¡Madre mía! ¡Cuántos pensamientos me vinieron a la cabeza¡ ¡Cuantos miedos y prejuicios y a la vez, con muchas ganas de hacer lo que  mi Maestro haría!

La situación no era fácil. Meterla en mi casa sería un escándalo (ya sabéis que las webcam se inventaron en alguno de esos minúsculos pueblos de la montaña) pero dejarla en la calle sería condenarla a que pasara una noche fría al raso. Todo esto, unido a mi inexperiencia y mi juventud. Me tomé un minuto y busqué una solución: bajaría un colchón al salón parroquial, unas buenas mantas y una estufa para que pasara la noche. A la mañana siguiente, volví al dormitorio improvisado y allí me encontré las sábanas y mantas dobladas y un papelito pequeño que decía GRACIAS.

Decía Calderón de la Barca: “que cuando amor no es locura no es amor”. Cuando leíamos el evangelio de la resurrección del hijo de la viuda de Naím, me llamaba la atención que Jesús se saltó todas la leyes judías (tocó el féretro) para regalarle la vida de su hijo a esa viuda. Y es que dar paso a la lógica divina del amor es una locura para cualquiera. Las entrañas misericordiosas de Jesús no dudaron en abrazar al muerto, para mostrar el modo de amar del Padre.

Ahora, visto en perspectiva, me parece que mi forma de amar (y la tuya) en muchas ocasiones está llena de miedos, prejuicios y cicaterías… convenciones todas que Jesús se saltó a la torera, en favor de la persona y de su sufrimiento. Ya sé que hay que ser sensatos, que a veces hay que usar la cabeza junto con el corazón pero mi intuición evangélica me dice que hay que librarse de las cadenas del cálculo y permitir que en nuestra vida entre un Amor que brota a borbotones y no sabe de números.

Si pudiera echar para atrás en aquella noche fría de invierno, además de lo que hice, le hubiera dado un abrazo fuerte para expresarle cómo sentía su dolor, mostrarle mi consuelo y transparentar las entrañas misericordiosas de nuestro Padre.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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