Permitidme contaros la historia del hermano de una amiga. Por salvar su intimidad, voy a llamarle Antonio. Antonio es el típico resultado de la juventud de los 80. Aquellos fatídicos años en los que la heroína arrasó con casi toda una generación. De familia tradicional, incluso acomodada, se metió, como tantos jóvenes de su época, en esa pesadilla que son las adicciones. Las consecuencias las sabemos todos: lágrimas familiares, ruptura de pareja, ruina económica… Aunque por suerte (y con mucho tesón de la familia) pudo rehabilitarse.

La vida quiso que Antonio tuviera que vivir con su madre y que ésta cayera enferma de Alzheimer. Desde una justicia poética, tenía que devolver, con ternura y cuidados, todo el amor recibido. Y así lo hace cada día del año. Para ser preciso: 362. Porque este artículo me vino a la cabeza, cuando mi amiga del alma me llamó desesperada diciéndome que tenía que sustituirle los 3 días que Antonio se va de vacaciones. -¡Cómo resiste!¡qué corazón y qué paciencia tiene!-, me decía con admiración sobre ese hermano que, en aquellos duros años, tanto le hizo sufrir.

En estas paradojas (y a veces, injusticias) de la vida, si preguntamos en el barrio ¿quién es Antonio? Todo el mundo contestará unánime: “el yonki que tanto hizo sufrir a su familia”. Y lo que, casi nadie sabe, es que es uno de esos tantos héroes anónimos que están cuidando de una madre enferma y permitiendo (dicho sea de paso) que sus otros hermanos puedan dedicarse a su vida familiar y social.

Asistimos a un mundo de etiquetas, prevenciones y distancias que van desapareciendo, a medida que las personas se conocen. Desgraciadamente, hay muchas personas encadenadas por memorias hirientes, por estructuras injustas, por etiquetas que excluyen, por rechazos que duelen. Cuando nos atrevemos a mirarlas más detenidamente, con ojos de cariño, con los ojos de Dios, uno se da cuenta que tienen un corazón más grande que su pecho. Y si me permitís, apunto también que las etiquetas funcionan a la inversa: aquellos “buenos oficiales”, con apariencia de no haber roto un plato, y que albergan un corazón emponzoñado o una historia oculta.

¿Quién decís que soy yo? Preguntaba Jesús en el evangelio del domingo. Y los discípulos contestaron con las etiquetas propias de la época: un profeta. Y el misterio de la persona de Jesús era mucho mas complejo, tan distinto a lo que ellos esperaban que serían incapaces de comprenderlo hasta su resurrección.

Y es que el corazón de cada persona, lo que pasa por dentro, es siempre una maravillosa sorpresa. Un misterio que hay siempre que respetar como “terreno sagrado”. Nuestra fe nos habla de amor, y no de odio; de amistad, y no de rechazo; de comprensión, y no de veredictos; de personas y no de etiquetas. Hoy me alegro de haber conocido a Antonio, le doy gracias por su vida, porque me ha hecho, una vez más, descolocarme y no confiar en las etiquetas. Así a la manera de Jesús…

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

Pin It

728x90ES2

BANNER02

728x90