Todo el mundo (o casi) quiere ir a Nueva York: la ciudad del puente de Brooklyn y del Empire State. Este verano, tres sacerdotes tuvimos la oportunidad de pasar un tiempo de nuestro descanso en una parroquia en el Harlem. Repartíamos el día echando una mano al párroco y paseando por la gran manzana. Eclipsados por el cristal y acero de los rascacielos los primeros días, poco a poco, íbamos bajando la cabeza y observando a sus gentes, sus prisas y miles de historias. Los que habéis estado convendréis conmigo en que, frente al lujo de Rockefeller Center y Madison Street, existe un ejército de vagabundos, pedigüeños, gente con trastornos psíquicos etc., en general mucha gente rota.

Me llamó la atención, especialmente, uno de ellos. Esperábamos al tercer sacerdote en Grand Central Terminal y allí, en la puerta, había un chaval afroamericano, desaliñado, de unos 16 años, sentado en la puerta. En sus manos tenía un fajo de unos 30 dólares obtenidos, seguramente, de la mendicidad. Con claros signos de trastorno obsesivo, contaba los billetes a gran velocidad, de principio a fin. Y volvía a empezar a contar hasta el final una y mil veces. En más de media hora que estuvimos esperando nunca dejó de hacer lo mismo y supongo que le quedaban muchas horas más. Mi compañero y yo estábamos desolados porque la escena era patética y ridícula. Todas las enfermedades mueven a la misericordia, pero a mí me llegan especialmente al corazón las mentales.

Seguro que estaréis pensando que hay muchos enfermos mentales y que éste es uno más, pero a mí me parece que la escena refleja, de una manera poderosamente simbólica, a la humanidad. Si los niños y los locos tienen la razón, parecería que este chaval nos estuviera interpelando acerca de quién es el señor de nuestra vida. La imagen es tan potente porque es una llamada de atención al hecho de si, incluso los cuerdos, también estamos dedicados a contar hasta 30 sucesivamente hasta el final de nuestra vida. 

Jesús nos decía el pasado domingo que no podemos servir a dos señores. Entiendo que no sólo el dinero, sino también la salud, la imagen… y contemplar esta escena es un toque de atención para renovar nuestro compromiso de servir al Señor que da sentido a nuestra vida. Tentados por malgastar nuestra vida contando hasta 30, tomamos conciencia de que necesitamos que Jesús toque aquellas áreas interiores que necesitan sanación. Atrévete a preguntarte cuánto de lo que posees, hace tiempo que no usas o no necesitas. Si tuvieras que hacer limpieza, ¿por dónde empezarías? Porque en el mundo espiritual, como en el físico, es necesario vaciar para llenar; quitar para hacer sitio.

Hoy, contemplando con misericordia al chaval de la estación que me interpela, quiero decirte: “Que sólo Tú, Jesús, seas el Señor de mi vida”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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