El verano es un tiempo precioso para leer. En una de las novelas veraniegas encontré este impactante episodio de la biografía del famoso filósofo Wittgenstein. Según relata su biografía autorizada, después de una larga crisis personal y espiritual, el filósofo decidió que el único modo de recobrar la salud consistía en volver al pasado y pedir humildes disculpas a cada persona que hubiera ofendido o perjudicado. Según parece, en su juventud, después de haber escrito su Tractatus se colocó de maestro de escuela. De talante severo, malhumorado e incluso violento, regañaba constantemente a los niños. No los cachetes de rigor, sino puñetazos en la cabeza y en la cara, palizas impulsadas por la cólera, que acabaron causando graves traumas a una serie de chicos.

Este deseo de reconciliación le condujo a su pequeño pueblo de Austria. El viejo y violento profesor quiso pedir perdón, uno a uno, a todos sus antiguos alumnos ya adultos. En ocasiones, llego literalmente a hincarse de rodillas y suplicar, implorando su misericordia. Cabría imaginar que una persona que se viera ante tales muestras de sincero arrepentimiento sentiría compasión por el doliente peregrino, pero de todos los antiguos alumnos de Wittgenstein, ni uno solo estuvo dispuesto a perdonarlo. El dolor que había causado era demasiado profundo, y su odio hacia el maestro era mayor que el perdón.

Nadie está libre de heridas como consecuencia de decepciones, frustraciones, penas de amor, traiciones, etc. Y todos tenemos la necesidad de perdonar o ser perdonados para restablecer la paz y seguir viviendo juntos. Sin perdón estamos condenados a perpetuar en nosotros mismos y en los demás el daño sufrido, vivir con el resentimiento o permanecer aferrados al pasado.

Perdonar no es olvidar ni negar la ofensa vivida. No significa renunciar a nuestros derechos ni pretender sentirse como antes de la ofensa. Requiere más que un acto de voluntad y no puede ser “solamente” una obligación moral. Requiere un proceso largo que conlleva tiempo e introspección. Comenzando por reconocer la herida, aceptando la cólera y el deseo de venganza, intentado comprender al ofensor (antecedentes, verdadera intención…) pero a sabiendas de que es una aventura humana y que es posible, si no con nuestras fuerzas, con la ayuda de Dios.

Probablemente al pedir perdón no se varían los hechos. Es evidente que no. Pero los hechos no son la última verdad, sino lo que hacemos con ellos. De los hechos aprendemos, rectificamos lo que podemos, intentamos sanar las heridas que hayamos podido causar. Pero negar cualquier posibilidad de reconciliación, levantar muros definitivos o atascarnos en un veredicto de culpabilidad, eso está muy lejos de la Misericordia que aprendemos de Jesús y que el Papa nos invita a vivir en este año. Ojalá que, algún día, “sin perdón” solo quede como título para la maravillosa película de Eastwood.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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