colaboradores02Hace unos años, recibí una llamada de mi “jefe”. Me decía que había pensado que tenía que hacerme cargo de la biblioteca diocesana. Reconozco que, en principio me quedé lívido. No era el tipo de trabajo que me gustaba, ni tenía preparación específica y además, no encajaba en mi estilo personal ni en mis cualidades. Dije que si, en un  principio, con esa confianza infantil de que alguien solucionaría ese asunto. Pasó el tiempo y mi preocupación fue en aumento: un almacén inmenso de cajas de libros, sin idea de por dónde empezar y para colmo, haciéndome “mala sangre”: ese proceso tan humano que empieza a culpabilizar a los demás de tus bloqueos personales.

 

Un buen día, mi amigo Serafín me dio un toque: “mira, Ramón. Tú puedes hacerlo, ten fe y ya verás como se te abrirán puertas, porque con fe se es capaz de cosas que ahora ves imposibles. Y, además, tienes que OBEDECER”. Y así hice. Me puse manos a la tarea, y poco a poco, como llevado en volandas, fui a cursos de formación, contratamos a una auxiliar, fui a reuniones de bibliotecarios eclesiásticos y todo empezó a ir construyéndose poco a poco. Hoy día, luce una estupenda y restaurada biblioteca con los medios tecnológicos más punteros.

Obedecer es una palabra denostada en la cultura actual. Y, es cierto, que obedecer es difícil. Especialmente, cuando no entiendo o no se está de acuerdo con lo mandado. Henchidos de nuestra individualidad y libertad, esta sociedad ha aparcado la obediencia al trastero de los valores olvidados. Y no me estoy refiriendo solamente a obedecer a un jefe. Creo que la obediencia también se refiere a estar en un lugar difícil; tener que asumir situaciones vitales complicadas y no elegidas o tener que convivir con personas poco agradables.

Pero Jesús alude varias veces a la obediencia en el Evangelio. Y, visto desde una mirada más amplia, descubro que la obediencia nos hace libres de nuestro Ego, nos permite dejar de ser el centro del mundo y nos libera de ser autosuficientes. A veces, ser un “pobre siervo” es una gracia. Significa sentir que alguien mayor que yo me envía. Significa ser disponible a un proyecto que es más grande que mis planes particulares. Significa abandonarme a un futuro que no veo y que está en las manos de Otro.

Y es que la fe nos lleva a lugares nuevos, donde no “sabíamos ir” (en palabras de San Juan de la Cruz), nos invita a ser “pobres siervos” que ponen un insignificante grano de arena para embellecer este mundo y nos  conecta con personas que jamás habríamos encontrado si somos capaces de fiarnos y obedecer. Si, amigos, obedecer.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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