“Yo no le debo nada a nadie. Todo lo que tengo me lo he ganado con mi trabajo y esfuerzo”. Estoy seguro que todos habéis escuchado esta afirmación (espero que no la hayáis dicho). Henchidos de nuestros logros, somos capaces de decir estas y otras cosas parecidas desde la convicción de que somos los protagonistas únicos de nuestra vida y los artífices, en exclusiva, de todo lo que hemos construido.

Siento deciros que esta afirmación es una absoluta memez. En primer lugar, desde el punto de vista sociológico: todos somos fruto de un contexto que ha marcado nuestras opciones y aspiraciones. Fue nuestra familia, nuestra escuela, nuestros amigos y nuestro barrio quien nos socializó y nos enseñó la mayoría del capital humano que poseemos. Negar esto, es negar una evidencia. Y además, ser unos desagradecidos. En segundo lugar, el enfoque más profundo lo pone la mirada espiritual. Con los ojos de la fe, uno se hace consciente de todo lo recibido. Esto supone un trabajo de atención y de memoria de las personas, los acontecimientos y los mimos que hemos recibido.

Escuchábamos el domingo, el relato de los diez leprosos de los que solo uno volvió a agradecer su sanación a Jesús… ¡Qué proporción!¡Nueve a uno! Estos nueve representan a todos los hijos e hijas, estudiantes, empleados, ciudadanos que sienten que todo lo merecen y olvidaron la mano que les meció y cuidó. Hay veces que miro con dolor a mi alrededor el sufrimiento de padres absortos por las actitudes de sus hijos, maestros cansados por su poco reconocimiento o  responsables públicos desfondados porque a los ciudadanos que sirven, todo les parece poco. Y esta proporción también es la mía y la tuya cuando sentimos que todo el mérito es nuestro y no tomamos conciencia de todo lo que nos queda por agradecer.

Vivir agradecido es aceptar que estamos en deuda con Alguien. Que nos faltarían días de nuestra vida para corresponder a nuestros padres, a nuestra familia, a nuestra historia y al Dios de la vida todo lo que han hecho por nosotros y cómo, con todo ello, hemos sido capaces de ser quienes somos. Hoy, como el leproso agradecido, te reto a que des gracias por todos los caminos abiertos, todos los panes y los ánimos recibidos en nuestros cansancios. En definitiva, porque en todo lo vivido hay algo de regalo de los otros y mucho de Dios.

Acabo hoy mi reflexión haciendo un homenaje. Os invito a subir a las escaleras del Music hall y cantar a Dios y a todos los rostros que pasaron por nuestra historia aquellas palabras que cantaba Lina Morgan: “agradecida y emocionada, solamente puedo decir, gracias por venir”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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