El verano de COU no fue un verano más. En un campamento andaluz de jóvenes cristianos, encontré a mi amiga Cristina. Sé poco de flechazos amorosos. Pero, sin duda, este fue un “flechazo de amistad”. Esa sensación que hemos tenido todos,  alguna vez, de que has encontrado a esa persona que va a custodiar tus intimidades, animar tus desánimos: compartiendo alegrías y descubrimientos. Hasta ahí todo bien. Pero el lector ya sabrá que estos “amores de verano” suelen tener poco recorrido. La distancia de Córdoba a Adra era muy grande para una época en la que todavía nos comunicábamos por cartas manuscritas. Fue pasando el tiempo: Madrid, Granada, Salamanca… Y nuestra amistad seguía creciendo. Fueron cambiando las etapas: casamiento, ordenación, niños… y la perseverancia de aquel encuentro juvenil fue tornándose en una amistad madura. Cuando nos vemos, Cristina y un servidor presumimos ante la gente que somos la prueba de que la amistad duradera es posible. Que con ganas, gratuidad y paciencia, dentro de poco cumpliremos 30 años de confianza y fidelidad.

En estos tiempos cambiantes de relaciones pasajeras, os cuento esta historia para demostrar que es posible perseverar hasta el final. Jesús nos invitaba la semana pasada a través de la parábola de la viuda insistente a no desfallecer. Y hoy, me propongo invitaros (e invitarme) a la resistencia, a la perseverancia y a la esperanza. Porque reconozco, también, que en ocasiones me ha podido la prisa y, probablemente, he perdido a personas que podrían formar ahora parte de mi vida.

Estamos llamados a gobernar aquella toxina llamada impaciencia. Es la que nos envenena el alma con prisas y resultados inmediatos. Las cosas importantes de la vida: el amor, el compromiso, la fe… requieren templanza y tiempo. Hay que sembrar, abonar, regar y ESPERAR.  A veces, nos desanimamos con facilidad. En cuanto llegan los primeros disgustos, el tedio y el paso del tiempo, tenemos la tentación de abandonar el proyecto y tirar la toalla. Tendríamos que aprender de la espiritualidad oriental a “permanecer”. Nuestra tentación occidental es la de ver resultados inmediatos, cambiar de metas y huir hacia delante. Los maestros espirituales de oriente nos invitan a simplemente estar, saber esperar, y permanecer en el dolor o la sequedad.

Acabo hoy con unos versos de Benedetti que son una invitación a no rendirse: “No te rindas, por favor no cedas/ aunque el frío queme/ aunque el miedo muerda/ aunque el sol se esconda/ y se calle el viento/ aún hay fuego en tu alma/aún hay vida en tus sueños.

Amiga Cristina, ya te llamo el viernes que viene, como todas las semanas.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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