Todos creemos ser muy originales. Si nos preguntaran, la mayoría diríamos que somos críticos con las pautas y normas del grupo al que pertenecemos. Pero la sociología demuestra que el “conformismo” es más una regla que una excepción.

En clase, les cuento a mis alumnos, una de las investigaciones más clásicas en este sentido: las investigaciones de Asch. En este clásico experimento, se reunía a un grupo de 7 a 9 estudiantes en un aula (un grupo de cómplices y otro grupo al que se estudia realmente). El profesor indicaba que la prueba consistiría en comparar pares de líneas. Al final, después de muchas mediciones, se concluía que los estudiantes cambiaban de opinión cuando veían que los demás (los cómplices del profesor) también lo hacían. Orgullosos de nuestra originalidad y nuestro criterio, generalmente solemos claudicar cuando vemos que el sentir mayoritario dice lo contrario. Después de muchas investigaciones, Asch concluyó con algo que ya sabían nuestros abuelos: ¿Dónde va Vicente…?

Lo que nos mueve a ser como los demás, a cambiar nuestras opiniones o gustos, es la necesidad de sentirnos queridos por el grupo al que pertenecemos, para así ser aceptados socialmente. Sin duda, todos tenemos miedo a ser diferentes.

Entonces, ¿estamos llamados a ser masa?¿Dónde reside nuestra originalidad? Como sociólogo, creo que en lo superfluo, seguimos las pautas sociales que nos marca nuestro grupo de referencia. Pero, como creyente, estoy convencido de que en la espiritualidad, en lo profundo, tenemos un campo para conocer nuestra esencia, lo que nos distingue, los que nos hace únicos y originales.

La tarea de la vida espiritual es descubrir, desde el silencio y la interiorización, el don que somos para los demás, para lo que hemos nacido. Estamos llamados a tomar conciencia de ese regalo de Dios y cultivarlo para que repercuta de manera positiva en nuestro entorno. La originalidad no está en lo exterior sino en lo más profundo de nuestra alma. Empeñados en distinguirnos de los demás en las gafas o la camisa, en los gustos o criterios, se nos puede olvidar que la tarea más urgente de nuestra vida es atrevernos a asomarnos a nuestra alma y sentir el vértigo de buscar el tesoro que tenemos y que nos ha sido regalado para alegrar y sanar la vida de los demás.

Es ese don, lo que nos hace muy originales. Y la tarea que os propongo, es hacernos conscientes de esa originalidad que reside en nuestro interior. En buscarla y cultivarla reside el sentido de nuestra vida.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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