Todavía recuerdo mi primer destino. Es costumbre en la Iglesia (como en la sanidad o la empresa) hacer prácticas el primer año. En nuestro caso, te suelen llevar junto a un sacerdote de más experiencia para que vayas “haciendo el rodaje”. Me mandaron, con tal propósito, a un pueblo al norte de la provincia (no revelo el nombre por lo que viene a continuación). Cuando le decía al resto de mis compañeros mi próximo destino, todo el mundo se echaba las manos a la cabeza: ¡te acompaño en el sentimiento! ¡Suerte y al toro!

Al parecer, el párroco tenía fama de hombre hosco que según la RAE quiere decir “alguien que tiene un carácter cerrado, desagradable y que no gusta de relacionarse con los demás”. Os prometo que me hice un propósito: darle una oportunidad, ir con buena disposición e intentar descubrir lo que se escondía detrás de esa fama. Y así fue, poco a poco, la convivencia, el cariño y el diálogo me hicieron descubrir que, detrás de esa áspera coraza, había un hombre delicado, sensible y apasionado por el evangelio. Recuerdo, todavía, cosas suyas que me admiraban: su gusto por la buena música clásica (no encendía la tele por la noche y escuchaba alguna pieza musical), gran lector de los clásicos (especialmente de los padres de la Iglesia) y lo más importante: poder acercarme a un hombre con una historia de trabajo, dudas, conquistas y fragilidades como la tuya y la mía.

Y es que detrás de las corazas, de la fama ganada, de la aspereza del carácter o del pecado, siempre hay una persona digna de ser amada, a la que brindar una oportunidad. Deslumbrados por la primera imagen o por lo que dicen los demás, podemos perdernos el maravilloso misterio que las personas albergan en su interior.

No era así la mirada de Jesús. Para escándalo de algunas personas “de bien” de su época, comía con Zaqueo, se relacionaba con la pecadora, tocaba a los enfermos… es decir, sabía que detrás de la fama o del pecado, había que dar otra oportunidad para conocer bien (y así poder amar) al que, de primeras, no entra por el ojo. Me conmovían esas palabras del libro de la sabiduría el domingo pasado que dicen: “te compadeces de todos y cierras los ojos a los pecados de los hombres para que se arrepientan”. Me parece que ese cerrar los ojos es un gesto de tanta generosidad y misericordia que sólo un Dios como el que muestra Jesús es capaz de hacer.

Todos tenemos en nuestro entorno jefes, compañeros de trabajo, cuñadas, etc a los que estamos llamados a dar esa oportunidad que dio Jesús a Zaqueo o yo a mi compañero. Una oportunidad para no fiarse de las primeras apariencias. Comprender que, normalmente, detrás de la armadura que todos llevamos puesta, hay una persona maravillosa que se emociona escuchando a Schubert. Hoy, acabo con unas palabras de uno de los más famosos teólogos del siglo XX: Teilhard de Chardin que, imaginando la mirada de Dios sobre el mundo, dice: “Voy viendo y voy amando, uno a uno, todos los seres creados, una multitud anónima llena de Dios”.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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