Ayer cenaba con unos amigos sesentones. Manuel me decía que le quedaban muchas cosas por hacer en la vida: una de ellas, aprender inglés para poder viajar a EEUU y poder comunicarse bien. Me impresionaba esa actitud tan vitalista. Pensar a los 67 en empezar a aprender un idioma es toda una declaración de intenciones: queda mucha vida que vivir. Como Manuel y Pilar, todos tenemos una “agenda vital”. Afortunadamente (y gracias al aumento de esperanza de vida) parece que a los 60 quedan, todavía, muchas cosas en la vida por hacer. Sin duda, a esta pareja (como a cualquiera de nosotros) no se le ha ocurrido, ni por asomo, poner la muerte en alguna de las hojas de su agenda.

En una cultura de la vida, de la diversión ininterrumpida, de la “eterna juventud”, a la muerte o la fragilidad no es fácil encontrarle un hueco en nuestra agenda. Y, por eso, se oculta o se disfraza. Y hoy os invito a mirarla de frente y con honestidad. Porque es una cita ineludible y para esa “cena de gala” hay que ir bien preparados. Si se me permite la expresión, hay que ensayar la muerte. Porque, en caso contrario, sería como ir a una maratón sin haber corrido antes nunca.

Hay muchas pequeñas muertes cotidianas: una decepción, un amor que no ha logrado sobrevivir, un fracaso, la ruptura de una amistad, un divorcio, una enfermedad propia o de los que queremos… y hemos tenido que llegar a estos momentos para descubrir los tesoros que tenemos en nuestro interior. La fragilidad es una llamada a la interioridad. Esas pequeñas muertes nos han enseñado a dejar el mundo correr y responder a la llamada de vivir hacia adentro.

Y reconocer la debilidad, poner en agenda la muerte no es sucumbir a ella. Es no cerrar la mente a las grandes preguntas que nos enfrentan con el amor, la muerte y con el mismo Dios. Supone ese ejercicio de honestidad que nos hace más conscientes, más maduros y más realistas. Porque lo contrario sería huir hacia delante y no ser conscientes de una realidad humana que, vista desde la espiritualidad, nos ayuda a crecer por dentro y a vivir más desde el alma que desde esa coraza  existencial que los psicólogos denominan Ego.

Hoy escribo desde la confianza y desde la experiencia de una salud que comienza a lastimarse. Aprender a vivir desde la pérdida o desde el cuerpo que empieza a sentirse dolorido, es una manera preciosa de prepararse para cuando tengamos que “soltarnos” definitivamente a esos brazos abiertos de Padre y Madre. Mientras tanto, dame paciencia para aprender el ritmo de la vida, saber saborearla y brindar por ella. Te pido que me des las ganas de Manuel para aprender inglés a los 67 y la sabiduría para aceptar las llagas en mi vida. Porque sé que en mi tierra herida, Tú has de sembrar evangelio, a tu manera.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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