Todos recordamos donde estábamos el 11 de septiembre de 2001. Aquel atentado no supuso sólo la muerte de casi 3000 inocentes, sino un golpe bajo a la esperanza de la humanidad. Una sensación de absurdo e impotencia ante tantas víctimas de fundamentalismos, intolerancia y visiones del mundo y de Dios que sólo sirven para levantar muros.

Tuve la fortuna de ir a Nueva York meses después de los atentados para participar en el Encuentro mundial de la juventud. Recuerdo con emoción, a todo el grupo de jóvenes haciendo vigilia de oración ante aquellos escombros, que todavía desprendían humo. Después celebramos la misa en la parroquia católica más próxima y allí, se iba a producir uno de los momentos más intensos de mi vida de fe: la viuda de un bombero, madre de tres hijos huérfanos, empezó a darnos su testimonio de fe: “nos persiguen, pero no quedamos abandonados; nos derriban, pero no nos destruyen” con las palabras de Pablo a los Corintios, aquella mujer nos contaba que ni uno de los más crueles atentados de la historia podía tumbarle su esperanza y su fe. Que con la ayuda de Dios, con la fuerza que le dio su comunidad cristiana, más unida que nunca, iba a intentar educar a sus hijos a responder con amor al odio.

Y recordándola a ella, pienso en mis derrumbes y en los tuyos. Con qué facilidad nos agobiamos por cualquier cosa, cómo nos abrumamos ante cualquier pequeño fracaso, de qué manera, cualquier contrariedad nos hace sucumbir. Creo que nos falta fe y esperanza. Es verdad que hay gente más fuerte que otra. Que, a veces, nos pilla en mala racha, pero también estoy convencido de que en ese Dios del amor sin límites, del poder sin armas, está la fuente de la fortaleza. En esta verdad intuida… ahí está la sabiduría.

Todos tenemos nuestras torres gemelas: nuestros fracasos amorosos, los hijos que no consiguen trabajo, el “sustillo” que nos da el médico de vez en cuando, el abuelo de la casa que está cada vez peor… pero no desesperemos, pese a todo, contra viento y marea, contra pecado y orgullo, contra egoísmo y cerrazón, Dios abraza la cruz para derribarla.

Y ante el duelo, cantarle a la vida que empieza, convertir la música en lágrimas y renovar esperanzas. Hoy pienso cómo le irá la vida a aquella viuda. Probablemente, habrá salido hacia delante por ella misma y por sus hijos. Seguramente, no leerá estas líneas, pero le quiero agradecer que cuando me desanimo, su testimonio me da mucha fuerza, porque como dice el dicho popular: “torres más altas han caído” (y en este caso literalmente). Y es que, amigos, cuando se derrumban torres, no nos han vencido, pero cuando nos hundimos, definitivamente sí.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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