Creo que tengo un ratón en mi casa. Si, a mí me da tanta repulsión como a tí que estás empezando a leer este artículo, pero necesito contarlo. Y digo “creo” porque no lo he visto. Tengo sólo indicios, pero con esto me basta para no pegar ojo por la noche. Se me ha metido la idea en la sesera y no soy capaz de sacármela de la cabeza. Intento aducir argumentos racionales: “ya has llamado a un profesional, no va a pasar nada, en breve pasará, es una criatura de Dios…”, pero, la realidad es que no duermo. La noche pasada eran las 5 de la madrugada y ahí estaba pensando en mi ratón.

Creo que todos tenemos “ratones” en nuestra cabeza: los resultados de una prueba diagnóstica, la incertidumbre del trabajo de un hijo, las noticias que escuchamos en la prensa… son esas cosas que dan miedo antes de que pasen, esa “cabecica loca” que da vueltas y vueltas, esos temores (a veces reales, otros imaginarios) que llegan a colocarse en el centro de tu vida.

Todos tenemos miedos (¡algunas personas muchos!). Una persona sensata debe de examinarse honestamente a sí misma y aprender a admitir sus propios temores. El reconocimiento y la admisión de ellos es el comienzo de la propia madurez espiritual y de la posible solución. El miedo agota el cuerpo de la energía que necesita y nos hace gastar más de lo que podemos reponer. Nuestros miedos personales, aunque a muchos le puedan parecer absurdos, nos causan una gran angustia mental y física que nos deteriora mucho.

Reconozco que, a veces, soy un “agonías”. Y sospecho que hay que quitarle un poco de hierro a las preocupaciones, los agobios, las prisas o los problemas. No quiere decir que sean falsos. Tal vez tendré que plantarles cara, y tocará, de vez en cuando, batirse en duelo con alguna que otra incertidumbre, pero no quiero que me dominen, que se hagan dueños de mi vida y de mi sueño. Hay muchas personas que están siempre recelosas, como encogidas ante la vida. Frente a los miedos y la incertidumbre, quiero hoy apostar por la confianza y la esperanza en este Adviento que hoy comienza. No quiero que me atrape ese miedo que paraliza.

Quiero hoy pedirte, Señor, saber celebrar los días radiantes, pero no tener miedo de la niebla que, a veces, hace gris el horizonte. Que aprenda a reconocer mis miedos, pero también las capacidades que me has dado para afrontarlos. En definitiva, que seas Tú el que atrape a esos “ratones” que andan sueltos por mi casa y por mi vida.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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