Es puente cuando escribo: tiempo  de descanso y fiesta y por ello, para empezar mi artículo, voy a contaros un chiste.  Cuentan que una mocita casadera iba todos los días a la parroquia de su pueblo a rezarle a la virgen. Era una talla muy antigua de la madre con su hijo en brazos. Devotamente, se arrodillaba cada día y hacía siempre la misma oración: “virgencita, virgencita ¿casadita o monjita? Años pasaron haciendo la misma oración cada día, hasta que un día nebuloso de la Purísima, algo extraordinario sucedió. El niño Jesús de los brazos de la imagen, se giró sobre ella y le dijo: “Hija mía, he escuchado durante años tu oración. Ésta es mi voluntad: Monjita”. Y la asombrada moza le responde: “con todo mi respeto, le he preguntado a tu Madre y no a ti”.

Siempre me ha llamado la atención este chiste porque expresa muy bien una actitud que tenemos cuando pedimos consejo o rezamos. En la mayoría de los casos, no pedimos parecer sino que nos confirmen la idea previa que ya tenemos. Mi propia experiencia me dice que, habitualmente, ya tenemos tomada una decisión, tenemos clara la idea aunque sigamos la “liturgia” de pedir consejo o pedir que se haga la voluntad de Dios.

Como en el fondo, lo que queremos es reforzar nuestra idea y no hacer un proceso serio de discernimiento, tomamos dos estrategias. La primera de ellas, pedir consejo al que sabemos que nos va a reforzar, al que nos va a dar la razón. Para ello excluiremos a los críticos con nuestra idea previa. La segunda estrategia es la que cuenta el chiste. Oído un consejo desfavorable, al final, escucharemos sólo la voz que nos interese; por ejemplo, el final de la conversación: “es decisión tuya, al final, quien decides eres tú”.

Una escucha sincera, un proceso serio de discernimiento ante una decisión, tiene que vencer el egocentrismo que nos hace sentirnos el centro del mundo. Mientras me viva desde el ombligo, no cabe discernimiento, ni encuentro, sino proyección de mi decisión egoica.

Hoy quiero pedirte, Señor, que me enseñes a pedir. Que sepa escuchar lo que me dice la gente que me quiere y que, a veces, no coincide con mi “santa voluntad”. Que, en la noche oscura, sepa alzar una plegaria silenciosa y confiada al cielo. Que tenga la humildad para pedir ayuda y saber escuchar y escucharte. En definitiva, intentar tomar decisiones ponderadas, buscando en ellas acertar con lo que Dios quiere.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

Pin It

BANNER02

728x90