Creo que todos tenemos algunas costumbres navideñas. En mi caso, yo las tengo “prenavideñas”. Una de ellas, en la mañana del 31. Me gusta ir con los amigos a comprar a la plaza de abastos de Almería. Lo que sea: unos encurtidos, unos tomates raf, un poquito de mojama… porque la gracia viene después. Bajamos las escaleras y nos tomamos una copita de fino con patatas a lo pobre. ¡Ay, uno de esos grandes placeres de la vida! Aunque no cenara esa noche, aunque me acostara antes de las uvas, tiene más gracia el “previo” que la comilona.

Otra de mis costumbres es el café del 24 con mi prima Raquel. Me voy a Adra, salimos al “pub” del pueblo y allí, compartimos risas y recuerdos, abrazamos a los amigos del instituto, brindamos con los primos… ya es costumbre que nuestras madres tengan que llamarnos para decirnos: -“niños, ¡que hay que poner la mesa!”-. 

Tienen estas dos costumbres una idea común: a veces, se disfruta más del camino que de la llegada. Los almerienses (que tenemos esta “santa” tradición de las tapas) sabemos que tiene más gracia el aperitivo que el chuletón. Y es que, agobiados por la noche mágica, por el día en que estemos todos, por la navidad, nos perdemos la gracia de los preparativos, del tiempo de espera que, en ocasiones, tiene más enjundia que la llegada.

Reconozco que me encanta el Adviento, estos días previos a la Navidad. Se convierten en una ocasión para quedar con la hermana y salir de compras disfrutando un café; quedar después del trabajo con los compañeros; ir preparando casa y corazón para los que van a venir… me atrevería a decir que en el camino hay tanto Dios como en la meta final.

Y me parece toda una metáfora de la vida. Agobiados por las metas propuestas (Acabar la carrera, pagar la hipoteca, jubilarme…) podemos perdernos la gracia de disfrutar los días del camino, las metas volantes preñadas de Dios. Hablamos de expectativas, de grandes sueños y de ilusiones por cumplir… olvidando que las pequeñas conquistas, el disfrutar de la familia y los amigos o encontrar el amor es la mayor de las tareas que tenemos en la vida.

El domingo pasado Jesús le decía a los discípulos de Juan que no tenían que esperar más: “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los cojos andan….”. Y a mí, me parecía una invitación a descubrir, sin esperas, su presencia en nuestra vida. A tomar conciencia de que es AHORA MISMO, en los previos, donde se hace presente. Quizás, en una copita de fino en el Quinto Toro.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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