No he tenido oportunidad de conocer a muchos famosos. Cené con un popular escritor, he podido charlar con algún político de renombre y me he topado, a veces, con algún alto jerarca eclesiástico. Han tenido estos pocos encuentros un denominador común: la decepción. Al final, estos personajes (o personajillos) solo quieren hablar de “su libro”, como en la famosa entrevista de Paco Umbral. Henchidos de fama y aplausos, rodeados de palmeros, su conversación se torna puro desarrollo de su enorme Ego.

Pero, observo con sorpresa que no es necesario ser famoso para tener un “ego panorámico”. Las personas de a pie, esas con las que convivimos a diario, también pueden caer en esa “patología”, que consiste en hablar exclusivamente de sí mismos. Como si sus problemas, sus historias, sus vidas fueran más importantes que cualquiera otras del mundo, sin dar ni una oportunidad a la pregunta por el otro. Puedo contar por centenas, las ocasiones en las que, después de una larga conversación, apenas me preguntaron mi nombre o cómo me va en la parroquia.

Seguramente, no somos conscientes de ello. No creo que lo hagamos con una aviesa intención, pero la realidad es que la mayoría de nuestros diálogos son monólogos de una parte, para sufrimiento o aburrimiento de la contraria. Creer que la vida de los demás, lo que tienen que contar es importante, es un síntoma, no sólo de educación, sino de “finura” espiritual. Porque hacer importante lo que viven (por insignificante que sea) es un signo de humildad y de reconocimiento del carácter sagrado del prójimo.

Siempre me emociona la escena del bautismo de Jesús que leíamos el domingo pasado. El Hijo de Dios haciendo cola. Esperando turno porque la historia de los otros tenía importancia. Y es que la humildad fue una de las señas de identidad de Jesús. Lo que Dios quería para Él pasaba por ahí: por estar con la gente, por ser uno más, por empezar desde abajo. El que más tenía que contar, calló para escuchar la historia de dolor de la viuda, del que perdió a su amigo del alma y de cientos de enfermos y doloridos que necesitaban un oído atento.

Se me ocurre un regalo de reyes con retraso: el despertador del Ego. Una alarma interior que nos avise cuando ya hemos hablado demasiado de nosotros mismos, que nos despierte cuando creemos que nuestra vida es más importante o más apasionante que la de los demás. Un reloj que nos ponga en hora la humildad y la capacidad de escuchar al otro, de interesarse por su historia, sabiendo hacer importante al otro. Un despertador que nos despierte de nuestra ensoñación egoica. Así, haciendo cola… al estilo del Maestro.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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