Hace unos años, tuve que pasar uno de los tragos más desagradables de mi vida. Esos pequeños golpes de la vida que suponen una profunda muesca en el abandono de la inocencia. Recuerdo que era el día de Reyes. Salía del aparcamiento marcha atrás, camino de la segunda misa, cuando tuve una pequeña colisión con una persona del pueblo. Nos bajamos, vimos que estábamos bien y quedamos al día siguiente para hacer el parte amistoso. Era una familia conocida y firmé lo que me pusieron por delante. Arreglé mi faro por unos cuantos euros, aunque la sorpresa vendría meses después. La chica de la caja me dijo que me habían expulsado del seguro. No entendía el porqué y ella investigó. La razón era porque había provocado un siniestro de cifras astronómicas: lesiones físicas, meses de fisioterapia, indemnizaciones… Todavía recuerdo la cara de bobo que se me quedó.

Pero lo que más me dolió no fue la expulsión de la compañía de seguros, sino el daño moral que me hizo. Yo, que he sido siempre una persona confiada, que participo de un cierto “optimismo antropológico”, estaba a punto de empezar a desconfiar de todo y de todos. Lo medité, lo recé, lo hablé con mi gente y decidí que no podía tirar por la borda uno de mis principios fundamentales: creer en la humanidad, confiar en que otra forma de vivir es posible.

Porque uno de los rasgos de carácter que más detesto, es la desconfianza generalizada hacia el prójimo. Aunque la sabiduría popular, muchas veces acierta, me niego a creerme como máxima universal el conocido “piensa mal y acertarás”. Siempre he confiado en la gente, y sólo me he sentido defraudado en algunas ocasiones, que no emponzoñan el gusto de vivir confiado y esperanzado. Las veces en las que me la han jugado (como la que describía al comienzo del artículo) son un precio que pago con gusto por poder andar por la calle, vivir con mis vecinos, confiado y sereno.

Jesús se fió de la palabra de Zaqueo, de la capacidad de cambio de la Samaritana. Comió con los pecadores, confió en su capacidad de cambio. No me imagino a un Jesús desconfiado, huidizo, pidiendo condiciones y cláusulas para amar. 

Creo que la confianza se contagia (y viceversa). Cuando esperamos lo peor de la gente, en cierta manera, lo provocamos. Y, al contrario, cuando le damos otra oportunidad, cuando nos fiamos del prójimo, sacamos de ellos lo mejor. Y si hay algunos que abusan, mejor asumir ese precio, esas pequeñas miserias que vivir toda la vida volviendo la cabeza por si nos persiguen.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del Obispado de Almería

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