¡Tiene gracia esto del whatsup¡ No sólo tenemos un montón de grupos, sino que se van formando grupitos dentro del grupito. De la primera comunidad de primos, amigos o compañeros de trabajo, al final, van saliendo pequeñas ramificaciones que hacen, aún más complejo, seguirlos a todos. Son fruto de las afinidades personales, formados para compartir intimidades de los que se llevan mejor, o en la mayoría de los casos, para criticar lo que dicen en el grupo general o a tal o cual persona.

Digo que tiene gracia porque es toda una metáfora de la vida. Siempre dividiéndonos en grupos. Es cierto que tenemos derecho a tener más afinidad con unas personas que con otras, pero tenemos que reconocer esa naturaleza “secesionista” de la humanidad, que comenzó en Babel: una dinámica de grupo que afirma su identidad a través de la descalificación del grupo ajeno.

Algunas veces nos preguntan a los sacerdotes qué es lo que peor llevamos de nuestro ministerio. Algunos apuntan a la difícil tarea de vivir solos, otros a predicar en un mundo descreído… Pero os digo, con el corazón en la mano, que la mayoría de los quebraderos de cabeza nos lo dan las divisiones de la comunidad, causantes de muchas horas de insomnio para éste que os escribe.

Acabamos de concluir la Semana de oración por la unidad de los cristianos y pensaba para mis adentros: “si se separan cuatro grupitos del grupo PRIMOS, qué no pasará en la historia del cristianismo con millones de fieles en todo el mundo”. Cuando uno profundiza en la historia de los cismas cristianos, se da cuenta de que, en su mayoría, han pesado más las razones políticas o económicas, los personalismos y egos, que los argumentos puramente doctrinales. 

No podemos desear un mundo más reconciliado si no trabajamos cada uno por construir esa reconciliación adentro. Y para eso necesitamos sentirnos de la misma pasta que los demás, igual de torpes y de necesitados. Hay tantos temores que nos llevan a cerrar fronteras, a formular juicios, y a establecer divisiones… El sueño del Padre es una Iglesia y una humanidad reconciliada. Y esto empieza a través de gestos muy sencillos, en escenarios cotidianos, diciéndonos mutuamente, hasta setenta veces siete: “te quiero y te perdono”. Para tratar de conciliar sueños y sanar heridas. Quizá sea algo que nos lleve toda la vida, pero vale la pena intentarlo.

P. D. Ahora que pensándolo bien y a pesar de los buenos deseos, ¡menudo follón tener un solo grupo! (me imagino 6 millones de mensajes no leídos). También tienen su gracia los grupitos, confiando en que tenemos un solo “Administrador”.

Ramon Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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