Hace unos días, me topé con un video en las redes sociales. Un video de apenas 49 segundos, pero que llamó poderosamente mi atención. El protagonista era Barack Obama caminando hacia el Air Force One. A los pies del avión, un soldado hacía el saludo protocolario y él subió distraído las escaleras. Inmediatamente, bajó de nuevo para saludar al soldado al que, por descuido, olvidó hacer. Un gesto tan sencillo, pero que delata el tipo de persona que es.

El video me recordó una anécdota de mi juventud. Tendría 15 años. Había salido por la noche y me desperté casi al mediodía. Iba al servicio y andaba por casa la señora que ayudaba a mi madre a limpiar. Esquivo por las “pintas” que llevaba, volví al cuarto enseguida sin saludar. Recuerdo que mi madre entró al cuarto hecha una fiera y me dijo: “ ¡Que sea la última vez que no saludes a María! Ella está trabajando, tiene tanta dignidad o más que nosotros y merece ser respetada como la que más”. Supongo, entenderán que no era mi intención ofenderla, pero un detalle como este puede delatar también el tipo de persona que somos.

Preocupados por los grandes ideales, enrolados en el intento de vivir una vida con principios, a veces, son los detalles los que pueden cualificar, o al contrario, echar por tierra lo que predicamos. Porque, como es bien sabido, no se pueden predicar grandes valores, si nuestra vida (hasta en los destalles más insignificantes) no va acorde con ellos.

Es cierto que muchas veces no lo hacemos adrede. Que las prisas, la vida acelerada, el pensar en mil cosas nos hacen no caer en la cuenta de esas pequeñas cosas. Pero la finura espiritual nos impele a tomar conciencia, a darnos cuenta de que no saludar al vecino o menospreciar a algunos de los que consideramos “menos importantes” puede derrumbar todos los principios que sostenemos con pasión.

Leyendo el relato de las Bienaventuranzas el fin de semana pasado, me di cuenta de que antes de empezar a predicar el más bello de los discursos pronunciados, Mateo dice que Jesús “se sentó” y “se acercaron sus discípulos”. Y me los imaginaba así, en corro, sentados en el suelo y escuchando “bienaventurados los pobres…”. Y me parecía que si ese discurso, se hubiera pronunciado de pie, altivo, y en la cima del monte, como nos lo muestran las películas, sus palabras no hubieron calado en sus discípulos. Palabras y gestos. Valores y detalles.

Hoy os invito a que descubramos el valor de esas pequeñas cosas que, con espontaneidad, cualifican lo que creemos y queremos ser. Porque un pellizco en el carrillo al tristón, un saludo afectuoso al que pasa desapercibido, un mensajito a tiempo al que recibe pocos, puede ser tan importante como todos los discursos que pronunciamos. Porque el “YES, WE CAN” no valdría de nada, si no hubiera bajado las escaleras para saludar al soldado.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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