El otro día me invitaba una familia de la parroquia a comer. Antes de empezar, me hicieron una pequeña advertencia: “nosotros nos hemos acostumbrados a comer sin sal”. No era algo nuevo (sobre todo a ciertas edades) pero tal como lo decían, me sonaba a toda una declaración de intenciones. Acostumbrarse a vivir sin sal, me parece toda una metáfora de la vida. Suena a vida monótona, a tono gris, sin pasión, sin sabor. Sin duda, no es una llamada de este que os escribe a la hipertensión arterial, pero es cierto, que en su literalidad, toda la frase suena a renuncia a vivir una vida más plena, con empuje, fuerza y pasión.

De hecho, en mi tierra, cuando una persona es un poco gris, aburrida y sin gracia, se le llama “un huevo sin sal”. Y me encanta porque tiene su sabiduría popular. No es mala persona: es trabajador, correcto y educado. Pero le falta esa sal, que hace que su vida aporte un poco de gracia a los demás, que la haga más linda y divertida.

Frente a los “huevos sin sal”, está la gente “salada”. El mejor de los piropos que se le puede decir a una persona es este. De hecho, creo que “salao” es una expresión imposible de traducir al inglés o al alemán. A la gente salada le brillan los ojos, su presencia da vida. Alegra sin contar chistes, levanta el ánimo sin frases tomadas de un libro de autoayuda y enamora sin ser guapa. Y no es cuestión de edad. Todos hemos conocido a ancianos “resalaos” y a jóvenes sosos.

El domingo escuchábamos la invitación de Jesús de ser “sal de la tierra”, y pensé que era una llamada a todos los cristianos a ser “gente salada”. Es verdad que influye el carácter, pero creo que cuando tenemos la vida llena y en el horizonte a Dios, se nos nota en la mirada y en lo que desprendemos. Y esta es nuestra vocación común: pasar por la vida mirando siempre un poco más allá. Dejarnos sorprender, inquietar, emocionar, cautivar y sobrecoger por aquello que siempre nos renueva.  Aspirar a lo grande, lo bello, lo bueno, lo profundo, lo pleno. Y salar la vida de los que nos acompañan en el camino.

Ojalá que a los cristianos nos reconocieran por nuestra sal. Y que por la calle nos dijeran: “¡mirad, que salaos!”. Porque no quiero “acostumbrarme a comer sin sal”, dejarme llevar por la deriva de lo gris. Y para esto, no hará falta hacer grandes gestas, ni estar en las portadas de los periódicos. Simplemente, aceptar la llamada del Maestro a salar nuestra vida cotidiana.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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