Hoy comienzo como en las pelis americanas: “buenos días, mi nombre es Ramón Bogas, tengo 44 años y soy ADICTO A LOS CACAHUETES”. Cada uno tiene sus pequeñas (o grandes tentaciones) y la mía son los cacahuetes pelados y fritos. Llega la noche, me siento cansado de todo el día y pienso: “voy a tomarme unos poquitos”. Consciente de lo que engordan, empieza la lucha interior: “¡no deberías! ¿Para qué has estado esta mañana machacándote en el gimnasio?”, “Es sábado, todo el mundo está por ahí de fiesta y tú aquí en casa solito… ¡te los mereces!”. Así pasan los días, dándome permiso o quitándomelo. Haciéndome promesas de que será la última vez, o echándome un “puñaito” más.

Los cacahuetes me recuerdan que soy frágil y débil. Que, a veces, pueden más que yo. Que, a pesar de todos mis pensamientos sesudos, de mi camino de maduración espiritual, algo tan sencillo, que guardo en la despensa, puede conmigo. Tengo tentaciones (también las tuvo Jesús), a veces, caigo en ellas (Él no) pero, soy consciente de que ellas me reconcilian con la humanidad. Me reconozco hombre débil y tentado.  Aunque, a veces, pienso que si el Creador nunca se equivoca, intuyo que estaba en su plan hacerme así.

A pesar de ello, quiero huir de la autocomplacencia. La RAE la define como la “satisfacción por los propios actos o por la propia condición o manera de ser”. Es decir, que quiero cambiar y mejorar. No quiero “darle al cuerpo todo lo que me pide”. En esa lucha hay también mucha sabiduría. Quiero que mi conciencia siga mandándome avisos para controlar instintos Y poner líneas rojas para poder ser, un día, el “señor de mis tentaciones”. Creo que, si nos dejamos llevar completamente por ellas, es el Diablo quien gana la partida.

Y, curiosamente, esas voces llegan en las horas de desierto, con el cansancio. Entretenidos durante el día, caminamos con el frenesí del mundo. El silencio es el tiempo de la verdad, de la confrontación con Dios o su adversario. Es tiempo de autoconocimiento, de realismo y de reconciliación con la fragilidad. El domingo contemplábamos a Jesús tentado en el desierto. Me emocionaba sentirme identificado con un Maestro que también las tuvo. Me admiraba su fuerza interior y su dignidad para vencerlas. Y descubría que, sólo en el desierto y el silencio, uno puede conocerse mejor interiormente.

Acabo el artículo de la semana. Me sorprendo (y sonrío) de la que “he liado” con los dichosos cacahuetes. Lo mismo me premio con un puñadito.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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