Sabéis aquella señora que regresa inesperadamente su marido de viaje y le apetece una tortilla para cenar. Necesita pedirle un huevo a su vecina de arriba. Subiendo los escalones empieza a pensar: “dirá ¡qué horas son estas!”; yo le contestaré “tantas veces me lo has pedido tú”; ella me dirá “pero yo nunca lo hago a estas horas…”. Al final, después de mucho discurrir, cuando llega a la puerta de la casa, toca y le dice: “!te metes el huevo donde te quepa!”. Como nosotros, en muchas ocasiones, aquella mujer estaba montándose ella sola la película. No había ninguna razón. Había creado un enemigo imaginario.

Y es que, aunque suene extraño, a veces, nos peleamos con gente sin que ellos se enteren. Y, curiosamente, también los perdonamos y nos reconciliamos sin que ellos lo sepan. Es todo fruto de una imaginación, que maneja todo como quiere. Son conflictos imaginarios, derivados de malos entendidos, interpretaciones o percepciones erróneas. En el fondo, si se preguntara en serio a las dos partes, ninguno está realmente enfadado con el otro y no saben decir cuál es la razón objetiva de ese supuesto enfado.

El otro día tuve que mediar en un conflicto entre un grupo y me sorprendía que, cuando hablaba con las dos partes, ambas me decían: “parece que ellos están enfadados” y los otros, “algo les pasa, pero no sabemos qué”… Todo fruto de una ensoñación, sin causa objetiva, que hace más daño que el enemigo en sí. Y no estoy hablando de los conflictos de verdad. Es muy humano no entenderse. Me estoy refiriendo a esa gran mayoría de situaciones que, cuando se profundiza en ellas, te das cuenta de que, como la señora del huevo, había sido fruto de nuestra disparatada imaginación.

“Bienaventurados los mansos”, va en serio. Los creyentes queremos ser gente de paz, viviendo en armonía y concordia. El Maestro nos invita a no convertir los agravios en muros definitivos. A no atascarnos en veredictos de culpabilidad y a dar siempre una nueva oportunidad al lenguaje del perdón y a la misericordia. Pero, si encima de ello, todo ha sido fruto de malas interpretaciones o palabras no dichas, creo que estamos gastando unas energías preciosas que necesitamos para ser felices y hacer este mundo más agradable.

Aprovecho mis últimas líneas para pedirte perdón. A ti, mi enemigo imaginario, que no tienes ni idea de la ganas que tengo de decirte cuánto siento aquello que ni te imaginas me hiciste.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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