Sucedió en una noche de invierno. Después de un tiempo razonable de televisión y brasero (el mejor invento del mundo), me fui a la cama. No recuerdo qué hora sería cuando me desperté bruscamente. Había humo en la habitación. En seguida pensé que me había dejado el brasero encendido y se estaban quemando las faldillas. Con miedo fui al pasillo y el humo seguía. Me detuve con más tranquilidad y en seguida me di cuenta… ¡era un sueño! Os prometo que si me hubieran hecho pasar un “test de la verdad”, lo hubiera pasado sin temblar. Aquel humo era verdadero y mis sentimientos de pánico tan auténticos como el calor de aquel brasero.

Me consuela saber que también le pasó al insigne filósofo René Descartes. Así lo relata en sus Meditaciones metafísicas: “en sueños, alguna vez, he imaginado situaciones que parecen tan reales como la realidad misma sin que hubiera indicio alguno para discernir entre el sueño y la vigilia”. Y esto, le lleva a pensar, como a mí ahora, que “hace mucho tiempo me he dado cuenta de que, desde mi niñez, he admitido como verdaderas una serie de opiniones falsas, y que todo lo que después he ido edificando sobre tan endebles principios no puede ser, sino muy dudoso e incierto”.

Lo peor del caso no es tener una alucinación, sino estar convencido de que es verdadera. Y es que, a veces, vemos humo. El humo del que cree sentirse perseguido o ignorado. El humo de pensar que no valemos para nada o que somos los mejores en todo. El humo de creer saberlo todo o de que no gustamos a nadie. El humo de suponer que sabemos lo que Dios quiere o de no reconocerle en tantos gestos y rostros de nuestro alrededor. El humo de nuestras ofuscaciones, rabietas, tristezas, euforias, iras… en definitiva, de todo aquello que, convencidos de estar en lo cierto, no resiste un asalto cuando estamos serenos y despiertos.

El domingo pasado contemplábamos la ceguera del Ciego de nacimiento. Y me emocionaba escucharle: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos. Entonces me lavé y EMPECÉ A VER” (Jn 9, 11). Este ciego reconocía humildemente su ceguera y valoraba al que le abrió los ojos.

Hoy el reto que os propongo tiene que ver con el valor de reconocer nuestras cegueras. Todas aquellas cosas de las que estamos convencidos y que, en ocasiones, nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás. Y en ese ejercicio de humildad, reconocer al que puede sanarnos de esa cerrazón del que cree tener la única y verdadera versión de todas las cosas. Porque, a veces, Señor, veo humo y solo Tú y la gente que me quiere me pueden rescatar de ese error.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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