Quiero que se imaginen una escena: van con un amigo o amiga caminando y empiezan a hablar. El tema más recurrente: los demás (paradójicamente nos cuesta mucho hablar de nosotros mismos y somos la “mar de locuaces” cuando el tema va sobre el de enfrente). Empiezan a coger por banda al grupo de amigos, cuñados o compañeros de trabajo haciéndoles un traje a cada uno de ellos. ¿Adivinan cuál es el resultado? Son muy inteligentes: no ha quedado ninguno a salvo. Al final de la conversación, a todos les hemos sacado el “pero” (como en las cruces de Mayo), menos a nosotros mismos. “Mira Fulano que siempre se queda el último para no pagar”; “fíjate en Mengano que siempre está buscando el protagonismo”… A “mas a mas” (como dicen los catalanes), los compañeros de viaje se han ido reforzando en la crítica hasta el infinito. Nunca hubo un “yo creo que estamos exagerando”, ni un “a mi me parece majo, es buena gente”.

Aunque la charla ha sido divertida y nos hemos sentido apoyados por el eventual amigo, el resultado es el “mal rollo”: neologismo acuñado por los más jóvenes, pero que expresa con fidelidad ese bucle en el que nos metemos con demasiada frecuencia y que no nos lleva nada más que a la crítica insana y a la destrucción del otro.

En nuestra vida, recorremos muchos de esos caminos hacia la negatividad. En el horizonte vislumbramos negros nubarrones e imaginamos lo peor. Y no solo me refiero a la crítica, sino a todas las situaciones en las que nos reforzamos en lo negativo, en el escenario menos optimista, en la meta sin esperanza.

En Pascua, se suele leer el relato de Emaús: una catequesis preciosa sobre los “caminos de vuelta”. Aquellos dos discípulos, caminando decepcionados hacia su aldea, van compartiendo sus expectativas frustradas en la cruz. Me los imagino como nosotros, charlando y apoyándose en el “mal rollo”. En esto, llega Jesús, se les presenta en el camino y les hace comprender las cosas de una manera totalmente distinta. Llena de resurrección sus miradas y les transmite la convicción de que la vida tiene sentido,  que todas las piezas del puzle encajan.

Hoy te pido, Señor de Emaús, que te hagas presente en todos mis “caminos de vuelta”. Que no caiga en la trampa de la negatividad y que sepa ver a los demás y mi alrededor con ojos resucitados. Que cuando camine por esos senderos, te hagas presente en mi vida para renovar mis esperanzas. Porque viniste y resucitaste para salvarnos del “mal rollo”.

 

Ramón Bogas Crespo

Director de comunicación del obispado de Almería

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