Seguramente, os habéis dado cuenta: todos los días te levantas y quitas la mesa,  o llevas el coche al taller, llamas diariamente a tu amiga o te callas para no discutir… Cuando un día no lo haces, te dicen: ¿Qué pasa hoy? Solo se han dado cuenta, cuando has dejado de hacerlo. Las otras veces, somos INVISIBLES. Nos acostumbramos a la ayuda de los demás (o se acostumbran a la nuestra) y parece que es algo natural, lo “lógico”. Dicen los expertos que el ayudador se hace invisible para la persona ayudada. No sólo eso, en algunos casos, el que recibe la ayuda puede convertirse en “tirano” para el ayudador. Sin duda, estos procesos se desarrollan en el subconsciente. Probablemente, si le preguntáramos a las dos partes, lo negarían rotundamente. Pero, mucho me temo que nos tomamos demasiadas licencias sobre personas bienintencionadas que intentan ayudar siempre y a cualquiera hora (y si no que se lo digan a tantos abnegados abuelos).

Muchas de esas ayudas están motivadas por un deseo de agradar, de ser amado. Es muy tentador sacrificarte y complacer a la gente, pero no olvides que si se repite sin cesar, acaba por hacerse invisible y forjarse como un derecho: “tu obligación es servirme siempre”. Algunas veces hace falta decir NO. Aunque sea desagradable al principio, de una manera mágica, sales como un corcho a la superficie. Es en ese mismo momento, cuando haces ver al otro que tu ayuda no es un derecho, sino un servicio desinteresado. Aunque resulte triste, sólo dando un golpe en la mesa (simbólicamente) te haces valer y recuperas una dignidad que podías haber perdido por el camino.

Los cristianos llevamos toda la vida predicando la ayuda, el servicio y la entrega como una de nuestras señas de identidad. Pero, aunque os resulte chocante, a veces se han pervertido estas palabras. La caridad es una actitud que corrige, enseña y ayuda a mejorar, pero buscando el bien de la persona, respetando siempre su dignidad. Para Jesús todas las personas somos sagradas, todos somos templo de Dios, pero es firme con la dignidad de todo hombre, también con la del ayudador.

Y no estoy apostando por el reconocimiento egoísta, por el aplauso fácil, por el “te doy para que me des”, sino por un sano equilibrio en las relaciones personales, en las que se da y se recibe, sin llevar las cuentas, pero sin hacer invisible a la persona más servicial.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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