Seguro que habéis pensado alguna vez: “qué ganas tengo de irme a la luna. Y mandar a todos estos a tomar… AIRE”. Y es que la convivencia familiar, la vida con los compañeros de trabajo, los malos rollos de los grupos a los que pertenecemos, a veces, nos cansan, cuando no nos hastían. En cambio, es una obviedad que estamos llamados a vivir juntos, porque el ser humano tiene vocación comunitaria.

Echo mano de mis conocimientos sociológicos, más específicamente, en la rama de recursos humanos, y os propongo hoy, en este artículo, algunas claves para saber trabajar en equipo. Conjugado en cristiano: saber vivir la alegría de la comunidad. La primera premisa de la que parto es que no es más sabio el que tiene muchos títulos, sino el que sabe trabajar con otros, vivir con los demás. De hecho, hoy en día, las grandes empresas ya no quieren ejecutivos agresivos o con mil Masters, sino lideres empáticos, que sepan resolver conflictos y gestionen emocionalmente a su equipo.

La primera de las reglas debe de ser creer en las personas que forman ese equipo (llámese familia, coro parroquial o grupo ciclista). Un buen equipo sabe ayudar a sacar lo mejor que cada uno tiene. Todos estamos llamados a brillar, que no a deslumbrar. Esta primera regla va de la mano de una segunda: ser capaces de librarnos de nuestros egos personales. Nuestro afán de protagonismo, nuestros miedos, nuestra sed de poder o reconocimiento van siempre en detrimento del bien común.

Una tercera condición sería tener en cuenta los momentos que cada miembro del equipo está pasando, y saber dar respuesta a ellos. Todos pasamos malas rachas, situaciones personales o de salud, y tenemos que saber estar atentos a ellas para ser más pacientes o más cariñosos. Sin duda, algunas veces, surgirán conflictos, y el equipo debe de corregir o enseñar, pero siempre respetando la dignidad de cada uno, buscando siempre su bien.

El domingo pasado contemplábamos la escena de Pentecostés. En ella se produjo un milagro: aquellos apóstoles se convirtieron en comunidad gracias a la fuerza de Dios. Y esta es la última nota que apunto: no podemos solos. Vivir con los demás es como subir el Everest y, muchas veces, nos quedamos sin fuerzas. Pero, los que confiamos en Dios, estamos convencidos de que Él nos dará esas fuerzas que necesitamos para seguir construyendo un equipo al estilo de Jesús. Una comunidad, en la que se cree en las personas, se olvidan los individualismos, está atenta a los momentos personales de cada uno y sabe corregir sin herir. En definitiva, todo un EQUIPAZO.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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