Me llamaba la atención, conversando con los padres de la primera comunión, que muchos de ellos sentían como dolor interno el “vivir permanentemente enfadados”. Gritar a los hijos, vocear a la pareja, ponerse como un energúmeno con el que está más cerca es algo que nos pasa a todos y, lamentablemente, todos los días. Además, tendemos a justificarlo: “tengo este carácter”, “el stress de la vida me hace pagarlo con los que más quiero”… son argumentos que damos para legitimar lo que a mi me resulta injustificable: vivir permanentemente en el enfado. Es cierto que mal humor tenemos todos, ratos en que se te cruza el cable o andas molesto por algo, incluso al quien tiene un buen carácter y casi siempre sonríe.

Y no propongo una mansedumbre ciega. Hay situaciones injustas, golpes dolorosos, días raros… pero, estoy convencido que no hay que llegar a esa situación en la que el malhumor te domina y te lleva a donde no quieres. Porque, en muchas ocasiones, perdemos el control y el enfado se convierte en agresión a los otros, en puñal hiriente. Ese tipo de ira, creedme amigos, solo deja tierra devastada.

Es cierto que para llegar al objetivo de no enfadarse hace falta un proceso espiritual previo. Ese trabajo consistirá en reconocer que no siempre tienes la verdad, que no siempre hay que salirse con la tuya, que hay que dejarse llevar y no tener siempre el control de todas las cosas…  Junto a ello, habrá que cultivar la asertividad, es decir, la capacidad de expresar de modo adecuado los sentimientos positivos o negativos que uno tiene. Es posible vivir de otra manera y convivir desde otras claves más evangélicas como la mansedumbre y la templanza.

Escribo esto, porque el otro día en la misa del jueves, de repente, se me clavaron en el corazón unas palabras de Jesús: “todo el que se deje llevar por la ira contra su hermano será procesado” (Mt 5,21). Supongo que las habría escuchado mil veces antes, pero así es la Palabra de Dios, actúa cuando quiere. Se pone serio el Maestro cuando nos dejamos llevar por esos sentimientos que dañan a las personas que viven con nosotros.

Reitero que la alternativa no es la paz de los apáticos, aquellos a quienes nada afecta. A veces, será calma, y otras enfado, pero siempre respeto. A veces, será silencio, y otras palabra, pero nunca insulto. Llega el verano y con ello, mi despedida hasta septiembre. Tenemos días preciosos de convivencia con la familia, viajes con los amigos… y una oportunidad única para practicar todo lo dicho en este artículo. Buen reto, ¿verdad?

Que un día, podamos decir como San Pablo (y mis amigos Eliseo y Ana), que nunca se puso el sol estando enfadados (Ef 4,26). ¡Feliz y sereno verano!

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería 

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