El pasado 16 de agosto, me pillaba la fiesta de San Roque en Cebreros (Ávila), en el pueblo de mi amigo Óscar. Fui a misa (como buen cristiano) y el cura predicó sobre la vida de este Santo. Reconozco, como os pasa a la mayoría, que se me fue un poco el “santo al cielo” durante su predicación. En cambio, me quedé con la historieta que ya conocía: San Roque, animado por el deseo de servir a Dios en los leprosos, quedó infectado y se trasladó al monte. Allí, aislado y enfermo, cada día recibía la visita de un perro que le llevaba un panecillo y le lamía las heridas.

Nuestra sociedad occidental está llena de perros. No hay más que echar un vistazo a parques, paseos, apartamentos… para darse cuenta que los perros ocupan un lugar singular en la vida de muchas personas. Tengo a mi alrededor varios amigos “perrunos”, es decir, amantes y defensores de los animales, que encuentran en ellos alegría, consuelo y sentido. Y lo más curioso es que, fijándome en sus vidas, también sus perros (como los de San Roque) les han lamido las heridas del alma.

Sin caer en excesos, los perros están siendo sanadores de muchas llagas de esta sociedad desesperanzada y, a veces, perdida. Llegar a casa y sentir su fidelidad, amor incondicional y sus “excesivos” mimos parece que compensan a una sociedad egoísta, en la que va creciendo el aislamiento y disminuyendo la empatía emocional.

Ahora bien, la verdadera sanación interior tiene que llegar por una humanidad nueva, que reconstruya y sane las heridas. En el evangelio vemos constantemente a un Jesús curando a enfermos. El Nazareno liberó de ataduras interiores y exteriores y fue capaz de solidarizarse con los heridos de su tiempo. También sus seguidores tenemos esa misión en el mundo: acercarnos a los vecinos, a los cercanos, a los sufrientes para lamerles las heridas de sus vidas, como el perro de San Roque.

Finalmente, os confieso que estoy pensándome echar perro. Aunque me gustaría que, además de que él me recibiera con ese cariño y ternura, como sólo los perros saben hacer, tener a mucha gente a mi alrededor a la que abrazar cuando mi alma herida lo necesite.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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