Sucedía en este verano que ya acaba. Hacíamos una larga cola para embarcar en un aeropuerto europeo. Una pareja española estaba delante de nosotros. En ocasiones, hacían fotos o se distraían. La cola seguía y ellos se recolocaban en su sitio (delante de nosotros). Cuando tocó el turno para entregar las tarjetas, abrieron dos líneas y nos indicaron, en inglés, que pasáramos por ambas. Ellos estaban a punto de entregarlas, y mi compañero y un servidor, nos dirigimos hacia la nueva. En esto, escucho unos gritos: “¡Al final, os habéis colado!¡ya os vimos la intención y lo habéis conseguido!”. Yo me quedé realmente estupefacto. Prometo solemnemente que hacer trampas era lo más lejos de nuestra intención (además hubiéramos ganado 1 minuto). El resultado: nos habíamos convertido en los malos de su viaje.

Dice la sociología que existe un mecanismo social por el que vamos forjando nuestra percepción de la realidad a través de una dinámica que separa a los míos de los otros, a los buenos de los malos. Y esta dinámica también funciona a nivel personal. Vamos construyendo villanos en nuestros cuentos sin que el interesado, en ocasiones, tenga la más remota idea. A su vez, nosotros “somos” el malo de la película de alguien.

Y ser consciente de esto es importante porque nos hará más benignos con el juicio y la opinión del otro. En esta red de relaciones que tejemos durante la vida, existen miles de desencuentros, a veces, malintencionados y otros (estoy convencido que la mayoría) se producen por un terrible azar. En el caso que les contaba al comienzo, entiendo que vendrían cansados del viaje, la cola era demasiado larga, o llegó la fatal coincidencia de abrir la nueva fila.

Contaba Jesús en el evangelio del domingo una historia con mucha “chispa”. Un hombre debía mucho dinero a un Rey y le pidió, por favor, que fuera paciente y se lo pagaría todo. Cuando se marchó, éste, a su vez, se encontró a uno que le debía poco, y fue muy duro e intransigente con él. Cuando el Rey se enteró de lo ocurrido le dijo: “Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y, de pronto, me acordé de lo sucedido en el aeropuerto. Sinceramente, me hubiera gustado que aquella pareja no hubiera pensado que queríamos colarnos, o que hubieran sido más amables a la hora de corregirnos. Pues, ahora, también me toca a mí hacer lo mismo con los que yo considero los “malos” de mi película.

Este es el estilo de Jesús. Él mira con cariño cuando se encuentra con alguien, antes incluso de conocer su historia. La tarea que os propongo hoy es doble. La primera: tomar conciencia de que también nosotros hemos hecho daño a los que viven a nuestro alrededor (a sabiendas o sin querer) y, desde ahí, ser más benevolentes, serenos y prudentes cuando juzguemos a los que nos han herido. Porque, ni los villanos de nuestra película eran tan malvados ni yo tan ángel como me creía.

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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