La anécdota que os cuento hoy es muy buena. Fui a visitar a un amigo sacerdote, hace unos años, a un pueblecito de Granada. Antes de cenar me dijo: -“Vente conmigo a ver si ponemos entre los dos paz en una hermandad”-. El asunto disputado era el siguiente: Un grupo majo de hombres de campo habían fundado esa hermandad hacía 5 años. Con mucho esfuerzo, compraron una imagen y organizaron la procesión con notable éxito. Ahora quería apuntarse más gente, y los fundadores, indignados, querían cobrarle las cuotas atrasadas desde la fundación. Nosotros intentábamos, con distintos argumentos, persuadirles de las bondades de la acogida de nuevos hermanos, y que sólo deberían pagar la cuota anual.

A la vista de su testarudez, les leí el texto de Mateo del domingo pasado: El propietario de una viña ajusta con sus trabajadores un denario por jornada de trabajo. Llama a los trabajadores a distinta hora del día, y a todos paga por igual, debido a su bondad para con todos. Mi sorpresa fue que cuando acabé de leer el texto, casi agrediéndome, me espetaron: -“¡Y qué tiene que ver eso con lo que estamos hablando aquí!”-. La parábola parecía estar escrita para ellos, pero su ceguera, les impedía ver las similitudes con la situación que se discutía.

A mi me parece que hay dos temas clave en este asunto. El primero de ellos: las odiosas comparaciones. Estamos permanentemente comparándonos entre compañeros de trabajo, entre hermanos, feligreses, sacerdotes… Compararse es un juego en el que, casi siempre, salimos perdiendo (por lo menos desde nuestra mirada subjetiva). En el caso que les cuento, a ellos no les importaba haber pagado desde el principio, pero les fastidiaba cuando se comparaban con los recién llegados. Dicen los psicólogos que compararse es una artimaña del EGO. Por eso, una sana espiritualidad debería ayudar a reconocer tus dones más profundos, sin absurdas comparaciones.

El otro tema candente es el de las recompensas. Todo nos parece poco. Somos como unos niños insatisfechos, demandantes de más premios y mimos. Las recompensas son necesarias (y producen mucho “gustito”), pero estar permanentemente disconformes con lo que nos dan, o buscando más aplausos es un camino que solo conduce a la insatisfacción permanente. En el caso de la hermandad, el mejor premio para ellos debería ser sentirse miembros fundadores y haber participado, desde el principio, de una iniciativa apasionante.

Os propongo algunas tareas. La primera pasa por aprender a no comparar desde la convicción de que Dios admira la dignidad de cada persona, de que nos ha hecho únicos y maravillosos, regalándonos un don que debemos cultivar para hacer más hermoso este mundo. La segunda, exigir la recompensa debida y justa, pero aprender a saber valorar otras satisfacciones que nos regala la vida, muchas veces invisibles, que son las mejores pagas posibles.

 

Ramón Bogas Crespo

Director de la Oficina de comunicación del obispado de Almería

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