Me contaba un amigo jesuita que, viajando en coche por una larga carretera de Paraguay, tuvieron la impresión de estar perdidos. Cuando, finalmente, encontraron una gasolinera, pararon a preguntar: “-¿Vamos bien para nuestro destino?-”, y el paisano contestó: “-Si, pero ahora deben manejar en el sentido contrario unos 20 kilómetros, y coger la otra carretera-“. Dicen los que han vivido allí que, a los latinoamericanos no les gusta pronunciar el NO, porque suena demasiado rotundo y descortés. Aunque, mucho me temo que, en todos sitios, se necesita una guía para entender lo que significan las palabras del otro.

Yo debo ser muy torpe (o varón), pero no entiendo cuando le digo a una colaboradora: “¿Qué te parece si te cambiamos a esta otra tarea?”. O a una amiga: “¿Quieres que te compre algo para tu cumpleaños?”. Si responden: “no me importa” o “no te preocupes, no necesito nada”, pienso que las palabras significan lo que, en su literalidad, significan. Cuando pasan los días, me entero que se enfadó mucho con aquel cambio (y me estuvo poniendo verde), o se molestó la amiga porque tenía que haber tenido un detalle con ella sin preguntar.

Soy un amante de la literatura y de la lengua española. Me gustan las ironías, la gracia de los dobles sentidos, el juego de palabras… pero me parece que, en las cosas importantes de la vida, las palabras deben significar lo que realmente expresan. Palabras importantes como: AMOR, SERVICIO, AMISTAD, FE… deben ser pronunciadas con veracidad y sin juegos. En los asuntos serios, la coherencia entre lo expresado y lo vivido es vital. Ejemplo de ello, lo encontramos los cristianos en Jesús, que murió en la cruz por su total correspondencia entre palabras y hechos.

Dice el evangelio de Mateo “Que vuestra palabra sea si, si; no, no” (Mt 5,37). Toda una invitación a no andar con rodeos, medias tintas o indirectas. Una invitación a que lo que deseamos o sentimos sea expresado con nuestras palabras de una manera clara. Así daremos valor a la palabra pronunciada. En 18 años de sacerdote, he intentado, en mi predicación, no contar NADA que no creyera, o que no intentara vivir a pesar de mi debilidad. Porque, con las cosas de Dios no se juega.

Creo que ganaríamos mucho tiempo (y energías) si aprendiéramos el elemental ajuste entre lo que decimos y queremos decir. La tarea que os propongo hoy es ser meridianamente claros en las cosas importantes. Para que el otro comprenda el verdadero sentido de lo que queremos expresar, sin dejar en el aire peligrosas interpretaciones. Dejemos los chistes y las ironías para cuando nos tomemos un vino con los amigos, pero en las cosas serias de la vida, no hay nada más bonito como la verdad de lo expresado, la coherencia de las palabras y la fidelidad a la palabra dada.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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