De nuestras madres vamos a recibir algo mucho más valioso que la herencia: la sabiduría popular. Esas verdades del barquero, a veces, molestas, que, a medida que vas creciendo, te vas dando cuenta del saber que encierran. Una de esas que decía mi madre (y la tuya, supongo) es: “Si no quieres que se enteren, no lo hagas “. Porque sobrevaloramos nuestra pericia para ocultar las cosas (o minusvaloramos el ojo avizor de los demás). Una lección que te va dando la vida es, que en un momento o en otro, la verdad sobre las cosas sale a la luz.

Es cierto que podemos esconder nuestra cara más fea: nuestros complejos, miedos o heridas. Seguramente, podremos ocultar alguna travesura. Pero lo que no podemos aplazar es mirarnos y saber quienes somos. Supongo que, a veces, uno tiene derecho a ser prudente en lo que muestra y lo que no. Pero, aunque nos hayamos acostumbrado a salir a la calle pertrechados de la mejor cara que queremos ofrecer, se hace necesario y urgente quitarse el maquillaje frente a un espejo, abandonar la tentación de impresionar, para encontrarse con la piel desnuda. Como quien se va despojando de capas o ropas y va quedándose en verdad desvestida.

Es cierto que tenemos derecho a la intimidad, ese espacio sagrado en el que solo yo o nuestros amigos del alma pueden entrar. Pero creo que es urgente, liberador y sanador hacer ese viaje interior que nos lleva a SER VERDAD. Siempre he pensado que, con los auténticos amigos, hay un momento en el que hay que saltar la vergüenza o el miedo a perder la imagen propia, y contar las verdades de tu vida. Cuando eso sucede, el resultado, la complicidad y los lazos que se crean son indescriptiblemente maravillosos.

Dice el evangelio de Lucas: “Nada hay oculto que no vaya a descubrirse, ni secreto que no vaya a saberse y ponerse al descubierto”. Quizás pasemos toda la vida aparentando lo que no somos, pero ante Dios no hay manera de hacerlo. Una verdad de la Iglesia (no una amenaza) es que, a pesar de que en este mundo no todo se desvele, habrá un momento después de la muerte en el que Dios encienda el “foco de la verdad”, y se iluminen hasta los recodos más ocultos de la historia y de nuestras vidas.

Hoy el reto que os propongo es confiar en ese Dios que me conoce mejor que yo mismo. Y poder compartir la verdad de mi vida con Él y con la gente a la que quiero. Que cuando acabe mi camino, Señor, me lo haya dicho todo, y te lo haya rezado todo. Porque nada hay más sano, honesto y liberador que vivir en la verdad de lo que somos.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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