El otro día cenaba con unos amigos en Córdoba. Sacamos el tema del sueño y descubrimos que todos habíamos tomado, en alguna ocasión, algún psicofármaco. Me llamaba la atención porque una de las contertulias afirmaba haberlo hecho porque estaba “depre” al verse vieja y fea. Decía estar viviendo esa crisis del “otoño” de la vida: te jubilas, vas despidiéndote de los tuyos, te quedas sin “relato” vital y te desmoronas. Y es realmente algo incomprensible, porque los que estábamos en la mesa la veíamos guapa y llena de futuro. Aunque resulte una paradoja, sus amigos la queremos más que ella se quiere a sí misma. Y aquí viene el tema de mi reflexión de hoy: lo mal que, a veces, nos queremos a nosotros mismos.

Desde niños andamos cargando con nuestros complejos, las comparaciones entre hermanos, y los fracasos y heridas que la vida va dejando en nuestra piel. Con la excepción de los engreídos, cuando nos miramos al espejo, nos vemos bajitos, con unos kilos de más, sin haber cosechado los éxitos esperados, con vidas anodinas… en definitiva, nos queremos mal.

Dicen los expertos, que solo queriéndote bien, quieres bien. Porque la medida del amor que tienes para ti es la medida que usarás para los demás. El perfeccionista ve constantes defectos en los demás. El que se sabe amargo, amarga a los otros. Y el que no se soporta es un insoportable. Porque, al final, es pura matemática: amas como te amas.

El Evangelio del pasado domingo me produjo un dilema: “Amarás al prójimo, COMO A TI MISMO”. Y pensaba que, con lo mal que se quieren algunos, mal consejo nos da el Maestro. Honestamente, (y esperando que no me lea la Santa Inquisición) creo que Jesús quería decir: “Y al prójimo como a ti mismo, si te quieres bien”. De hecho, es como si Jesús al final de su vida hubiera cambiado de parecer, y propone algo mucho más bonito: “Amaos, como yo os he amado”. Porque de esa medida me fio más. Ese amor incondicional y misericordioso de Jesús, rostro de Dios Padre, si que es la regla del amor, la garantía para una verdadera hermandad.

Hoy el reto que os propongo es quererse bien. Aunque parezca algo evidente, en muchas ocasiones, somos demasiado severos con nosotros mismos. Aceptar con humildad nuestros defectos y flaquezas, pero saber reconocer nuestros dones y luces, lo que somos capaces de aportar, y el don que podemos ser para los otros. De esta manera, seremos un buen regalo para los que nos rodean. Y si, a veces, me pierdo en la maraña de mis complejos y miserias, saber poner, en mi mapa, TU MANERA DE AMAR.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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