Un terrible dilema se ha planteado en mi pandilla de los viernes. ¡No se cómo saldremos de ésta! Y me explico. Solemos ir después de la radio a tomarnos un vinito, y siempre vamos a la misma taberna. Unos piensan que es mejor cambiar, probar otros sitios, ver nuevas caras, conocer otras tapas… En el otro bando (en el que me incluyo), apostamos por la rutina, por el gusto de hacer el camino de siempre, saludar al camarero amigo, empezar por el mismo aperitivo… He de reconocer que no hubiéramos conocido nuestro sitio habitual, si no hubiéramos arriesgado un día. Pero he de confesar que siempre he encontrado un pequeño placer en las pequeñas rutinas cotidianas.

Y es que, en los últimos años, la palabra RUTINA parece haber pasado al catálogo de las palabras “tóxicas”. En los libros de autoayuda, en los muros de Facebook y en las charlas del tuppersex, se llama constantemente a “salir de la rutina”. Al parecer, lo habitual, lo cotidiano, lo acostumbrado es algo que tenemos que desechar de nuestra vida, para abrazarnos denodadamente a la constante novedad. Según este nuevo axioma, lo “cool” y la felicidad están en la búsqueda vertiginosa de nuevas sensaciones, proyectos distintos, horizontes diferentes…

Y, en cambio, a mí me parece que hay espacios familiares, dinámicas ya conocidas, gestos de siempre, que quizás pasan desapercibidos y, sin embargo, es donde podemos reconocer al Dios fiel que arrulla nuestra vida. El café con los compañeros en el bar cutre de la esquina, el mismo menú del domingo en casa de la suegra, el paseo matutino con el perro, el saludo al vecino del tercero… Son rutinas, que vistas con otra mirada, pueden sorprendernos, si estamos alerta y descubrimos que cada día es una página en blanco en la que podemos escribir un capítulo increíble de nuestra vida sin salir de la vida ordinaria. Bien mirado, son estos días tan iguales, una maravillosa oportunidad para encontrar una Presencia callada.

Hoy os invito a descubrir el placer de las rutinas cotidianas. Porque hay mucha felicidad cuando el camarero de siempre te pone una tapita extra, y sabe que el café te gusta muy corto y con sacarina. Hay mucho amor en los gestos pequeños de tu familia o en el amigo que soporta tus chistes, que sabe de memoria. Y hay mucho Dios en la madre que se santigua cuando sale a la calle, en el Padrenuestro antes del examen, en la misa diaria con apenas 10 personas… Hoy te pido, Señor, que vaya siendo capaz de descubrir la novedad en la monotonía de cada día porque estoy convencido de que me visitas cada día, así, casi sin darme cuenta.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

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