¡Pobre noviembre! Nadie habla bien de él. “Qué mes más feo, el mes de los difuntos” es el mejor piropo oído a este penúltimo mes del año. En las tertulias de amigos la frase más escuchada en estos días de noviembre es “ya están los mantecados en el Mercadona”, además de empezar a contar lo que vamos a hacer en el puente de la Inmaculada, o donde pasaremos la nochevieja. Mientras tanto, en noviembre parece que no sucede nada. Solo un tiempo de espera a un diciembre, que promete traernos la felicidad plena. Ante este desolador panorama, dan ganas de poner uno de esos lastimosos anuncios de las protectoras de animales: “Adopta noviembre, es bueno y cariñoso. Ha sido maltratado durante toda la vida, pero con cuidados, llegará a ser un mes muy interesante”.

El pasado sábado caminaba por el paseo marítimo de Aguadulce, y tuve la sensación de que era el día más bonito del año. Ese sol de otoño, que calienta, pero no quema, acariciaba mi cara, y me hacía pensar en la manía que tenemos todos los humanos en vivir permanentemente proyectando un futuro que, supuestamente, ha de hacernos felices. Mientras tanto, vamos desaprovechando un presente que tenemos al alcance de nuestras manos y que, a veces, descuidamos por tener nuestra mente constantemente en la promesa de un futuro mejor.

A veces, damos por garantizadas cosas que no son infinitas. Tenemos seguridades en realidades que, bien miradas, son transitorias: la salud, la familia, la persona amada… y así dejamos pasar el tiempo, sin darle calidad. Hablamos sin decir nada. Miramos sin ver y estamos sin abrazar. En realidad, noviembre es toda una metáfora de cómo vivimos la vida. Esperando un diciembre ideal, la vida se nos escapa entre las manos sin tomar conciencia del regalo del presente.

Leíamos el domingo pasado el pasaje de las vírgenes necias y sensatas. Y a mí me pareció ver en esa alcuza llena de aceite una imagen del hombre que sabe estar en vela y consciente del momento en que vive. Creo que, en esta vida frenética y de prisas, el reto está en encontrar esa serenidad que nos haga capaces de descubrir la belleza de nuestra cotidianeidad, y saber, no sólo pasar por la vida, sino estar presentes plena y conscientemente.

Cuando acabe de escribir este artículo, me saldré al patio a comerme una mandarina bajo el sol de noviembre. Llamaré a mi amigo Ángel para saber cómo ha pasado el día. Me tomaré un aperitivo con Alberto que es su santo y rezaré con toda mi fuerza al Dios de noviembre que me ha regalado este día.

Ramón Bogas Crespo

Director de comunicación del obispado de Almería

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